Retirada y Crisis del Estado Empresario

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Introducción

 

Al iniciar la década de los ´80 profundas crisis comenzaron a afectar a las empresas estatales en algunos países. Unas estaban cerradas, otras al borde de la quiebra, y algunas se mantenían funcionando gracias a los subsidios del Estado.

 

Estas empresas se convirtieron (especialmente en los países subdesarrollados) en centros donde operaba el clientelismo político de turno. No importaba la formación profesional, ni las condiciones morales, para ser empleado o gerente de una empresa estatal sólo se necesita pertenecer al partido de gobierno o ser familiar o amigo del Presidente o de los funcionarios más encumbrados, pues total, lo que importaba era mantener en el Poder.

 

La Guerra Fría alentaba de alguna manera el papel interventor del Estado, pues las potencias capitalistas apoyaban cualquier régimen político, siempre que éste desarrollara una política de contención contra el avance del comunismo sin importar si dicho régimen era corrupto, ilegitimo o represivo. Por lo tanto, la eficiencia de la economía y libertad política pasaban a un segundo plano en el orden de prioridades de la política de contención.

 

Populismo y corrupción

 

Los resultados de esas políticas populistas no pudieron ser más devastadoras. La ineptitud y la corrupción arroparon la administración estatal. Miles de funcionarios se enriquecieron gracias al robo de los fondos del erario. Este se convirtió en un mecanismo normal de acumulación de capital y de ascenso social, puesto que muchos de esos funcionarios se convertirían luego en “honorables empresarios”.

 

Parte de  las fortunas creadas eran depositadas en cuentas en el extranjero provocando fugas de capitales que contribuían a los desequilibrios externos y a la inestabilidad macroeconómica. Con prácticas como ésas, la crisis de las empresas estatales no se hizo esperar.

 

En principio los gobiernos intentaron enfrentar los problemas inyectándoles cada vez más fondos, pero el apetito de esas empresas por dinero efectivo parecía no tener límites. Miles de millones de dólares se acumularon en deudas a suplidores y a prestamistas nacionales y extranjeros. Ante cada intento de los gobiernos por revitalizarlas la situación se tornaba peor.

 

En cualquier caso, siempre que las empresas estatales se quedaban sin efectivo, los gobiernos afrontaban la difícil elección de cerrarlas o proveerlas de más recurso. Mientras que los gobiernos pudieran obtener préstamos en el extranjero o usar un financiamiento inflacionario dentro del país, la solución más fácil era el otorgamiento de recursos adicionales.

 

Pero cuando los déficits de las empresas publicas comenzaron a afectar el equilibrio de la economía en su conjunto, a contribuir a los déficits fiscales, a afectar los programas de inversiones públicas, a producir desequilibrios financieros, etc., a los gobiernos no les quedó más remedio que adoptar un cambio de actitud.

 

El cambio de política se vio reforzado cuando a partir de la crisis mexicana de la deuda externa, los bancos internacionales se negaron a continuar otorgando préstamos a los países en vías de desarrollo. Los bancos multilaterales por su parte, condicionaban los préstamos a que los países beneficiarios hicieran ajustes económicos que en la mayoría de los casos afectaban a la población.

 

Entonces, con los déficits internos y con los mercados internacionales de capital cerrado, a los gobiernos no les quedaba más alternativas que, o negociar las empresas en crisis con el sector privado, o hacer un saneamiento radical, o simplemente cerrarlas.

 

No todo lo del Estado es malo

 

Si bien es cierto que en muchos casos en las empresas estatales hubo derroche, mala administración y falta de visión; es justo decir que en otros hubo excelente administración, buen desenvolvimiento e importantes tasas de beneficios; por lo que más que atribuirle a las empresas públicas una deficiencia inherente, hay que atribuírsela a los gobiernos que las administraban.

 

No han sido raros los casos de crasa incompetencia, de nóminas infladas y de robos descarados; pero cuando los gobiernos han sido responsables y competentes en sus actuaciones, los resultados han sido muy parecidos a los de la empresa privada.

 

Este ha sido el caso de los “Estados desarrollistas” del Oriente asiático donde el Estado no sólo ha demostrado ser un administrador eficiente (en muchos casos, mejor que el sector privado), sino que ha sacado a sus pueblos del atraso y de la miseria.

 

En la mayoría de los casos la razón de su eficiencia radicaba en una burocracia estatal competente, y a que las mismas respondían a un plan bien hilvanado promovido por un Estado comprometido con el desarrollo de sus respectivos países.

 

En Corea del Sur, por ejemplo, la contratación del personal civil se hacía a través de los exámenes meritocráticos, que vienen aplicándose en ese país desde el 788 d.C. Entre 1949 y 1980, sólo el 2% de quienes tomaban el examen eran aceptados. Además de los patrones de reclutamiento, allí se desarrolló una verdadera cultura corporativa.

 

En ese país se desarrollaron las “universidades de elite” de la cuales salía la mayoría del personal que trabajaba en el Estado. Tras hacer un análisis de quienes pasaron el examen para optar por un puesto público, se encontró que el 55% eran graduados de la Universidad Nacional de Seúl, y de éstos, el 40% eran graduados de dos colegios prestigiosos de Seúl.

 

Aunque con matices diferentes, el caso ha sido igual en los demás “Estados desarrollistas” como Taiwán, Japón y Singapur.

 

El resultado de tales políticas es bien conocido por todos. Por tanto, la evidencia del Oriente asiático prueba la falsedad de la idea de que un alto grado de intervención estatal en la economía es incompatible con el éxito en el desarrollo capitalista. Todo depende del tipo de Estado a que se refieran. Porque si es a un Estado “derrochista y depredador”, entonces dicho postulado tiene razón. Pero si se refieren a los Estados “desarrollistas” entonces el postulado se cae por la evidencia empírica.

 

La crisis del sector privado

 

Ante la crisis económica mundial que se inició a finales de la década de los ´60 y que se extendió hasta la conclusión de los años ´80, el sector privado salió mejor parado que el sector público. Las estadísticas indican que en la mayoría de los países la iniciativa privada invirtió más en tecnología y desarrollo, en capacitación de personal, en publicidad y marketing, en administración y en promoción de exportaciones, que el sector público; demostrando mayor flexibilidad en la adaptación a los cambios que se operan en el capitalismo.

 

Sin embargo, no todas las empresas experimentaron el mismo resultado. Algunas tuvieron que cerrar, otras recibieron la ayuda del Estado, pero en la mayoría de los casos los problemas se debieron a la falta de adaptación al nuevo esquema de “economía hacia fuera” que superaba el modelo de “sustitución de importaciones”.

 

La poca flexibilidad hizo que se quedaran rezagadas ante los avances del “libre comercio” y ante el presagio de una competencia basada en las altas tecnologías.

 

Con la explosión tecnológica que se desarrolló a principio de la década de los ´60, el capitalismo pasó de una producción de alto volumen a una producción de alto valor, es decir, de una economía extensiva a una economía intensiva.

 

Se ha querido argumentar que las empresas privadas, por su naturaleza, son más eficientes que las estatales, pero los casos patentes han revelado que una parte considerable de las empresas privadas, especialmente en los países pobres, han generado sus ganancias, no de la eficiencia inherente que se le atribuye, sino gracias a la ayuda del Estado y a otros mecanismos que no se corresponden con los postulados de la libre competencia.

 

La corrupción privada

 

En los países subdesarrollados, gran parte del sector privado aparece históricamente asociado a un intrincado curso de conductas cuestionables por lo cual las empresas no derivan sus ganancias de la innovación y la eficiencia productiva, sino de  circunstancias tales como la manipulación de los beneficios mediante los reglamentos gubernamentales, el favoritismo en los gastos del gobierno, un trato especial con respecto a los impuestos, y un régimen arancelario que saca de competencia a los productores extranjeros.

 

Otros casos han sido todavía más cuestionables por cuanto se expresan bajo la forma de “corrupción privada”: pago de salarios misérrimos por debajo de lo establecido por la ley, evasión de impuestos, sobornos, alteración de los libros contables, etc., etc., etc.

 

Mientras que una administración gubernamental deficiente puede medirse por el nivel de déficit de operación, el de la administración privada debe juzgarse por el grado de protección efectiva que se ha incorporado a la política comercial. En otras palabras, la empresa privada no es en todas partes sinónima de eficiencia.

 

Entonces, en un ambiente empresarial permeado por la tradición de lucro fácil e inmediato, el traspaso de los bienes públicos al sector privado no es garantía automática de que mejorará la administración de dichos bienes, o de que se incrementarán las innovaciones tecnológicas o que mejorará la eficiencia.

 

Pero a la luz de los graves problemas actuales, la cuestión no radica en discutir si el sector privado es mejor administrador que el sector público, ni cuál es mejor para los negocios, sino en llegar a decisiones que beneficien a nuestras economías.

 

Crisis del Estado y problemas mundiales

 

Sin el ánimo de justificar los errores de los gobiernos ni de los del sector privado, además de las circunstancias nacionales que afectaron la eficiencia de las empresas estatales y privadas, hubo razones de origen externo que no estaban bajo el control de los gobiernos nacionales ni del sector privado.

 

En primer lugar estaba la subida de los precios del petróleo que hizo estremecer a todas las economías del mundo sin importar el nivel de desarrollo económico. En segundo lugar y como consecuencia de lo anterior, estaba la deuda externa, que con la subida de las tasas de interés, se tornaba inmanejable. En tercer lugar estuvo el proceso de globalización que ha limitado los atributos de soberanía que tienen los Estados para resolver sus problemas al interior de sus territorios.

 

En cuarto lugar el lento crecimiento de la economía mundial producto de las políticas proteccionistas desarrolladas especialmente por las potencias industriales. Y en quinto lugar por la caída de los precios de los productos de exportación, especialmente en los países pobres.

 

Todos los principios en que se basaba la economía de los años ´30 partían de la idea de nacionalismo económico, de recursos naturales inagotables, del Estado nacional como unidad territorial y del principio de que los factores de la producción eran tierra, trabajo y capital.

 

Pero la explosión tecnología surgida después de la Segunda Guerra Mundial que transformó la visión que tenía el hombre del tiempo, del espacio y de la escala; la emergencia de nuevos actores en el escenario internacional, como las empresas multinacionales y otras entidades transnacionales; el desafío de la Comunidad Europea, Japón y un grupo de países de reciente industrialización, a los Estado Unidos como potencia hegemónica; los indicios de decadencia económica de la UniónSoviética; y la idea de que la naturaleza no aguantaría por más tiempo el ataque industrial, cambiarían el panorama anterior.

 

Ni Marx, ni Adam Smith, ni Keynes pensaron jamás que la economía desbordaría a los Estados nacionales, que el capital se convertiría en inmaterial, y que los recursos naturales no aguantarían más los embates del crecimiento económico.

 

Globalización y cambio

 

El territorio, la proximidad espacial en que se basaba el esquema anterior, tiene cada vez menos importancia desde el momento en que no sólo la agricultura, sino también la industria, representan partes decrecientes de la actividad económica.

 

Al poder la industria manipular materiales demasiado voluminosos, el espacio se convertía en una parte esencial del proceso productivo. En un automóvil, símbolo de la industria del siglo XX, las materias primas representan del 30 al 40 por ciento del valor. En un componente electrónico, símbolo de la nueva era, representa a penas el uno por ciento.

 

Esto significa que el mundo se hace cada vez más abstracto, más inmaterial. La riqueza es en él cada vez menos tangible. El dinero, que siempre se expresaba en forma física a través del oro y del papel moneda, se ha convertido en impulsos electrónicos que viajan a la velocidad de la luz. Es cada vez más difícil localizar los componentes materiales en la formación del valor.

 

Ante la situación de cambios mundiales los Estados nacionales quedaron a expensas, relativamente hablando, de fuerzas que ellos no podían controlar. Prisioneros de la geografía, los Estados nacionales no se pueden mover a escala planetaria.

 

Por más que el alcalde de la ciudad de México o el presidente de la República Dominicana quieran aspirar a una visión planetaria, su carrera depende de lo que ocurra dentro de los límites territoriales de su jurisdicción. En la globalización, el dinero y las mercancías son móviles, los Estados nacionales no.

 

Es decir, hemos pasado de un mundo que, aunque de base económica, era dirigido por la política, a uno también de base económica, pero dirigido por la economía.

 

La esencia del problema radica en que hemos cambiado de un capitalismo de base nacional con una fuerte incidencia estatal, a un capitalismo global dirigido, controlado por las grandes empresas globales que no tienen patria y cuyo propósito fundamental es buscarle una nueva función al Estado nacional.

 

En épocas anteriores, aunque ha habido potencias hegemónicas, imperios, y dominación mundial, el Estado tenía la capacidad de controlar relativamente lo que sucedía en su territorio.

 

Crisis del modelo estatista keynesiano

 

Pero con la nueva realidad mundial, las cosas comenzaron a cambiar. Las teorías keynesianas, para estabilizar la economía, comenzaron a no dar los resultados esperados.

 

Cuando un Estado bajaba las tasas de interés para estimular el crecimiento económico, los ahorrantes sacaban sus ahorros para depositarlos en el país que mejores dividendos le ofreciera.

 

Cuando el Estado lanzaba dinero a la economía a través de la inversión pública como forma de incrementar la demanda, en la mayoría de los casos ese dinero iba a parar a los bolsillos de los fabricantes de vehículos, televisores, videocaseteras y de un sinnúmero de productos extranjeros.

 

Un ejemplo de lo que acabamos de explicar fue lo que ocurrió a finales del decenio de los ´70 en Alemania. Preocupado por la inflación, el Gobierno alemán decidió revaluar su moneda para reducir la demanda de exportación, y de esa manera disminuir las presiones inflacionarias. Otra medida consistió en elevar los tipos de interés para los préstamos a corto plazo con el fin de desalentar las inversiones interiores. Pero como esos postulados keynesianos no respondían ya a la realidad de la economía, sucedió, que atraídos por las altas tasas de interés, empezaron a fluir grandes cantidades de dólares a la economía alemana obligando al Banco Central a comprar dólares a cambio de marcos para mantener el valor de su moneda, de esta manera el Gobierno al inyectar dinero a la economía lo que hacía era que aumentaba la inflación.

 

Entonces, la interdependencia mundial ha transformado la economía política de tal modo que lo que ayer eran efectos estabilizadores, hoy son precisamente, efectos desestabilizadores. La economía de base nacional ya no tiene respuestas autónomas y soberanas a los problemas nacionales.

 

La administración de empresas por parte del Estado se había basado, precisamente, en el poder soberano de las naciones para intervenir en la economía cuando se producía algún desequilibrio. Pero como la economía ha desbordado las fronteras nacionales para pasar a ser dirigida por una intrincada red económica global, a los Estados nacionales no les ha quedado más remedio que integrarse al proceso de globalización para no quedarse solos y morir por inanición.

 

En los años de la gran depresión, el capitalismo de base nacional necesitó el auxilio del poder del Estado también de base nacional. Pero como el capitalismo trascendió las fronteras nacionales y el Estado no, este último, en la forma en que está estructurado todavía, no tiene el poder de antaño para controlar por sí solo los ciclos económicos que se producen a lo interno de su economía.

 

Gedeón Santos (Extraído de su libro “Sistemas Mundiales en Crisis”)