Reeleción NO, dos Períodos Consecutivos SI

reeleccion

El análisis reeleccionista parte de su relación con el culto a la personalidad, pues ambos intentan sustituir al grupo social por el líder mediante una supra-valoración del papel del dirigente en la sociedad. El

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concepto intenta demostrar que sin el líder la sociedad se mantendría estática, puesto que sólo él puede poner en marcha los procesos de desarrollo. Los que profesan este culto, le atribuyen al líder predestinación y poderes mesiánicos para dirigir la Nación.

 

Consideran al Pueblo como una masa pasiva e inerte, incapaz de generar transformaciones, por lo que el destino de la Nación depende por entero del carisma y de las cualidades de un dirigente en particular. Le atribuyen al genio del líder las grandes obras nacionales, por lo que es frecuente oír decir: “el Presidente construye, el Presidente da, gracias al Presidente, si no fuera por el Presidente, etc…” Los reeleccionistas no ven ningún error, ninguna problemática objetiva en la acción del líder, pues se le adora como tal, se le llama maestro, gran timonel, genio político, etc., y su vida y obra se consideran modelos obligatorios. Proclaman consignas como: “…sin ti, se hunde este país”, etc.

 

En su forma actual, los reeleccionistas plantean que sin determinado líder, el proceso de desarrollo del país se vería truncado, pues solo ese dirigente en particular puede producir los cambios que demanda la sociedad.

 

Pero la historia ha demostrado que la marcha de la sociedad no viene determinada por las ideas y aspiraciones de los grandes hombres, sino por las fuerzas sociales y materiales que interactúan en el proceso histórico. Esas fuerzas no sólo son más fuertes que la voluntad y los deseos de un individuo, sino más poderosas que partidos políticos enteros.

 

Los líderes sólo pueden desempeñar un determinado papel cuando se apoyan en esas fuerzas y en el pueblo. El líder lo que hace es imprimirle al proceso su sello personal.

 

Puede amortiguar o acelerar los procesos, facilitar u obstaculizar sus objetivos, puede incluso contribuir a ahorrar sacrificios innecesarios, pero no puede detener la marcha de la historia.

 

El pensamiento reeleccionista le atribuye la fuerza social en que se basa el líder al líder mismo y hace parecer que si determinado dirigente no hubiese existido, todo movimiento social en que descansaban su fuerza e influencia, no se hubiese producido en lo absoluto. Así, “si George Washington no hubiera nacido, los Estados Unidos fueran todavía una colonia inglesa”, “sin Colón, los europeos no hubiesen hasta hoy descubierto a América”; “Si el doctor Balaguer no hubiese existido la República Dominicana no tuviese una infraestructura material importante”.

 

Es incuestionable la importancia e influencia de estos hombres en los procesos históricos, pero si los suprimimos, se planteará la necesidad de reemplazarlos y aparecerá un sustituto bueno más o menos, tarde o

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temprano, pero aparecerá.

 

Así lo ha demostrado la historia, porque el desarrollo de una sociedad no depende de que nazca o muera tal o cual hombre.

 

Plejanov dijo al respecto: “No se trata de la fuerza personal del individuo, sino de la lógica objetiva de la historia, de la fuerza del movimiento social”. Naturalmente, el desarrollo de un país no sólo se halla condicionado por las necesidades sociales, sino también por la capacidad, el talento y las cualidades personales de sus dirigentes.

 

En nuestro país, los reeleccionistas aprovechan el escaso desarrollo económico, social y político del Pueblo para promover el culto a la personalidad y por lo tanto la reelección. La concentración en el presidente de la República de tanto poder económico y político, en un país de tantas carencias, hacen del Presidente no sólo el centro en torno al cual giran las esperanzas de la gente, sino también la base sobre la que descansan los intereses personales de familiares, arribistas, agoreros, y toda suerte de oportunistas. Esas dependencias objetivas son el caldo de cultivo donde crecen las ideas reeleccionistas. Pero claro está, que ningún proyecto reeleccionista se pone en marcha si el líder objeto de reelección no lo estimula.

 

Los procesos reeleccionistas distraen la atención de los funcionarios públicos de sus reales tareas administrativas, pues en su afán por complacer al presidente (“cogerle la seña”) concentran su atención al proyecto reeleccionista y descuidan sus verdaderos objetivos. En algunos casos llegan hasta a la corrupción y el crimen para hacer efectiva una “supuesta seña del presidente”. Jorge Castañeda ha planteado: “los presidentes latinoamericanos que desde el principio de sus gobiernos han trabajado por la reelección han terminado haciendo pésimos gobiernos en algunos casos, en el desprestigio en otros y la mayoría de las veces en la cárcel”. Pone como ejemplo los casos de Color de Melo, Alan García y Carlos Andrés Pérez.

 

No hay argumento racional que justifique la reelección, pues por sí misma ésta no es más que una invocación al culto a la personalidad, una expresión de apetencia personal desmedida y una manipulación de la realidad para glorificar a un hombre. Pero si rechazamos la reelección por carecer de toda base democrática, ¿qué sistema ha demostrado mayor consistencia y equilibrio respecto a este delicado problema? Nosotros creemos que el modelo estadounidense de los dos períodos consecutivos. ¿Por qué?

 

Originalmente la Constitución de los Estados Unidos no incluyó una clausula acerca de la reelección presidencial, pues el sentimiento dominante en la Convención de

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filadelfia se inclinaba por la posibilidad de la reelección indefinida.

 

Antes de 1940, la idea de que un Presidente no debía ocupar el cargo por más de dos períodos era una tradición que se respetaba aunque no estuviese consignada en la Constitución. Pero el desafío del presidente Roosevelt de optar y ganar un tercer período, generó un cambio de actitud en los congresistas quienes presentaron una enmienda constitucional en 1947, que prohibía la reelección por más de dos períodos consecutivos, la cual se convirtió en parte de la Constitución el 27 de febrero de 1951.

 

Puede decirse que la “XXII enmienda” fue una respuesta congresional contra la reelección y una forma de rescatar la tradición violada por el Presidente Roosevelt.

 

En su origen histórico, la adopción de los dos periodos presidenciales consecutivos pretendía eliminar la posibilidad de que las apetencias personales de algunos presidentes pudiesen convertirse en una dictadura. Tomás Jefferson formuló la objeción de que “la elegibilidad indefinida de hecho equivaldría a crear un cargo vitalicio, y degenerará en una herencia”. Desde los inicios del debate sobre el tema, el criterio profundo de los dos períodos consecutivos ha sido la no reelección.

 

Un solo período presidencial le quita al Pueblo el derecho democrático de respaldar por segunda vez un gobierno que haya sido efectivo en el manejo del Estado. Además impide la renovación de los liderazgos a lo interno de los partidos, pues inmediatamente un líder termina el periodo presidencial, organiza un equipo reeleccionista para optar por los periodos subsiguientes, dejándoles pocas posibilidades a los nuevos dirigentes, los cuales no tendrán los recursos de éste para competir. Pero lo peor de ese sistema es que se constituye

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en una forma de reelección indefinida, pues el dirigente puede mantenerse aspirando hasta el día de su muerte siempre que deje pasar los siguientes cuatro años reglamentados; en cambio, con los dos periodos consecutivos no puede aspirar más. Finalmente, los dos periodos consecutivos representan una posibilidad que sólo se materializa si el primer gobierno ha sido bueno, y un buen gobierno no es beneficioso para todos.

 

Los partidos de un solo período de seis años, argumentan que este sistema liberaría a los presidentes de la presión de la reelección y les daría tiempo para completar un programa de gobierno. Pero un argumento contrario plantea que seis años son demasiado para un presidente impopular y muy pocos para un presidente eficaz.

 

Así, los dos períodos consecutivos son un mecanismo adecuado contra la reelección, pues representa un equilibrio entre la reelección indefinida, la elección por un solo período de cuatro años y la elección por un solo período de seis años.

 

En 1963 el profesor Juan Bosch, al igual que líderes de la talla de George Washington, no aspiró a reelegirse más allá de lo que la realidad de la sociedad en la que le tocó actuar demandaba, por lo que dejó establecido constitucionalmente la no reelección en un momento en que pudo haberla planteado, como lo haría posteriormente el doctor Balaguer. Pero su entereza personal, su probada vocación democrática y el respeto a sus ideas lo llevaron a tomar el camino de los grandes hombres de la historia. En esta coyuntura, el país lo que demanda es de instituciones fuertes y no de hombres fuertes, de organizaciones que representen los intereses de la sociedad y de líderes, que como Juan Bosch, se respeten a sí mismo y al Pueblo.

 

Gedeón Santos