¿Quién gana y quién pierde con la migración?

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Diariamente miles de hombres y mujeres emigran de un país a otro en busca de mejor suerte. Países emisores y receptores de emigrantes se ven afectados por este antiguo fenómeno social, pero ¿Quién gana y quién pierde en un proceso de migración? ¿Por qué tanta hostilidad contra los inmigrantes? ¿Se podrá detener la migración en la nueva realidad de la globalización?

 

Hasta el siglo XIX, la migración internacional no despertaba gran preocupación, pues no existían pasaportes ni guardias fronterizos, por lo que la libertad internacional de tránsito era casi absoluta. Pero el desarrollo de transportes rápidos y baratos gracias a la invención del ferrocarril, el barco de vapor y el telégrafo permitió a un número cada vez mayor de emigrantes cruzar las fronteras. Para ese entonces, los mayores flujos de migración se daban de Europa hacia América, Sudáfrica y Oceanía, pues el viejo continente sufría las consecuencias de una profunda explotación demográfica, así como pobreza, desempleo y marcadas contradicciones sociales.

 

Para salir de la crisis, los hoy países industrializados utilizaron la emigración, la revolución agrícola y la industrialización como principales mecanismo de escape. Pero hoy, a diferencia del siglo pasado, la migración se da principalmente desde países de menor desarrollo hacia países de mayor desarrollo.

 

Ahora bien, ¿quién gana y quién pierde en este proceso? El primero que gana es el inmigrante quien recibirá un salario superior al de su país de origen y mejores condiciones de vida.

 

Asimismo gana el país receptor de inmigrantes, pues con la abundancia de mano de obra, los empresarios pagarán salarios más bajos, lo que permite bajar el precio de los productos y favorecer al consumidor; gana también el Estado que recibirá el pago de impuestos de trabajadores en los que no invirtió ni un centavo, aunque pierden los trabajadores locales al bajar el precio del trabajo por la competencia de los inmigrantes.

 

Pero en el país emisor pasa todo lo contrario, pues pierden los empresarios al tener que pagar salarios más altos al escasear la mano de obra que emigró, como consecuencia suben los precios de los productos generando pérdidas para los consumidores. También pierde el Estado al dejar de recibir los impuestos de ciudadanos en los que hizo una alta inversión y pierde también con la fuga de cerebros.

 

Así, del análisis anterior se desprende que el ganador neto de un proceso de migración es el país receptor, pues gana el empresario, el consumidor y el Estado mientras que sólo pierde el trabajador local; en cambio, en el país exportador pierde el empresario, el consumidor y el Estado, en tanto que sólo gana el emigrante. Entonces, si la migración genera beneficios obvios para el país receptor, ¿por qué crecen cada día las trabas contra el inmigrante? ¿Por qué tanta hostilidad contra ellos?

 

Definitivamente que por los prejuicios étnicos, la xenofobia y especialmente por los intereses de los sindicatos y de los conservadores quienes le temen a la competencia de los inmigrantes así como del posible poder político de los nacionalizados si ejercen su derecho al voto.

 

Todo lo anterior hace que los países receptores orienten sus políticas migratorias hacia favorecer la entrada de “cerebros”, mientras que rechazan a los inmigrantes no calificado, los cuales son más propensos a sufrir desempleo, a solicitar ayuda estatal, a la delincuencia y a la formación de “guetos”.

 

Pero, mientras el mundo subdesarrollado permanezca atrapado en la pobreza y no reciba el capital y la tecnología para estimular el crecimiento económico y elevar el nivel de vida de su población, los países desarrollados se verán asediados por decena de millones de emigrantes deseosos de residir entre los prósperos consumidores del primer mundo, esta vez estimulados por los modernos medios de comunicación masiva; pues a través de ellos la gente, aunque sea muy pobre, sabe cómo vive en otras partes del mundo y buscará la forma de llegar allí, ya sea por aire, mar o tierra, en forma legal o ilegal, aunque la osadía le cueste la vida.

 

Gedeón Santos