¿Proteccionismo o Libre Comercio?

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Se trata de un debate tan viejo como el capitalismo, pues la primera estructura económico capitalista, el mercantilismo, tenía como principio lograr una balanza comercial favorable restringiendo las importaciones. Su lógica era promover la riqueza nacional para ampliar la capacidad tributaria del Estado y así fortalecer el poder político. El mercantilismo enriqueció a Inglaterra, y sobre la base del Poder adquirido promovió el libre comercio, la especialización internacional y las ventajas comparativas. Sin embargo, el libre comercio sólo fue practicado por Inglaterra y algunos países bajos por espacio de algunas décadas, pues lo que se impuso en cl comercio internacional fue el proteccionismo.

 

La teoría proteccionista se sustentó en las obras de Alexander Hamilton y Federico List, quienes plantearon la necesidad de la autosuficiencia nacional manufacturera mediante subsidios y derechos arancelarios. Para ellos, el libre comercio era el sistema adecuado para un país cuya

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industria se hubiera desarrollado totalmente, pero antes de que esto sucediera, el crecimiento industrial debía ser apoyado por el Estado, no permitiendo la entrada de productos extranjeros durante el periodo de adolescencia de las nuevas industrias.

 

A pesar de la promoción de los Estados Unidos al libre comercio, la historia demuestra que ellos desarrollaron su economía interior sobre la base de un fuerte proteccionismo. Desde finales de la Guerra de Independencia aparecieron sectores industriales que, ante la amenaza de la competencia británica, pidieron protección para las industrias recién creadas. Así, para 1816, se promulgó la Tariff Act, la cual era una típica ley proteccionista.

 

Con la Guerra de Secesión la protección aumentó un 37% en 1862 y un 47 por ciento en 1864. En 1890 la ley McKinley incrementó los derechos en un 50%, y para 1897 hubo un nuevo aumento con la Ley Dinkgley de un 57% adicional.

 

Quizás quien mejor expresó la posición proteccionista de los Estados Unidos fue el presidente Abraham Lincoln cuando dijo: “no sé mucho acerca de aranceles, lo que sé es que cuando compramos bienes manufacturados al extranjero, nosotros nos quedamos con los productos y ellos con el dinero; pero cuando compramos productos nacionales nos quedamos con ambas cosas.”

 

Los países europeos, así como Japón y Rusia crecieron también en un ambiente comercial dominado por el proteccionismo. Las dos guerras mundiales favorecieron la utilización de tarifas, licencias de exportación e importación, contingentes, prohibiciones y control de cambio. Inglaterra que había sido renuente a la protección aprobó la Ley Mackenna en 1915, que imponía derechos arancelarios del 33%, aumentada posteriormente mediante la “ Ley de Salvaguarda de la Industria ” y la “Ley de Importación” aprobadas en 1921.

 

Por supuesto, el desarrollo industrial en los Estados Unidos y los demás países desarrollados no debe atribuirse solamente a las medidas proteccionistas, sino a un conjunto de situaciones políticas, económicas, sociales, geográficas y culturales que los favorecieron. Posiblemente, todos ellos hubieran llegado a ser lo que son, independientemente de la política comercial escogida; sin embargo, la historia demuestra que el camino escogido fue la protección. Así por ejemplo, el mercado norteamericano era tan cerrado que para 1870 las importaciones equivalían al 8% de su producto interno bruto, para 1913 el porcentaje había disminuido hasta 4.5% y para 1960 era sólo de 2.9%, es decir, apenas se importaba.

 

Mientras los países “pobres” adoptan modelos de apertura comercial y desregulación económica, los países industrializados han mantenido la protección a sus productores nacionales. Por ejemplo, en la agricultura mantienen cuotas, aranceles, subsidios a las exportaciones, derechos compensatorios, medidas antidumping y apoyo presupuestario directo. Según la FAO, para 1992 gastaron en subsidios agrícolas la suma de 356 mil millones de dólares. Así, en los países desarrollados el debate no parece centrarse en la disyuntiva entre libre comercio o proteccionismo, más bien gira en torno a cómo proteger y ampliar los mercados y qué políticas aplicar para no perder la primacía, aún cuando esto vaya contra los principios del libre comercio.

 

Otros que han desechado el libre comercio son los países de reciente industrialización del Oriente Asiático, los cuales se han desarrollado sobre la base de proteger a determinadas industrias. Todos practican un comercio dirigido y subsidian las exportaciones. Han orientado la competencia hacia alternativas de tecnologías avanzadas y de la alta remuneración. Conquistan y se reparten mercados y cuando sus competidores se quejan emplean tácticas dilatorias.

 

En 1983 el gobierno de Arabia Saudita gastó mil 300 millones de dólares comprando trigo cultivado en el desierto el cual podría haber sido importado por sólo 225 millones de dólares. Respondiendo a las acusaciones norteamericanas, catalogando esa situación de locura, un agricultor saudí contestó: “Estados Unidos gasta 40 mil millones de dólares en subsidios a sus agricultores para que dejen de producir determinadas cosechas, nosotros gastamos sólo mil millones no sólo para pagar el precio del trigo, sino para adquirir experiencia, tecnología y la estructura

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básica para nuestro suministro futuro de alimentos. No creo que estemos locos…”.

 

Actuar como si el mercado fuera verdaderamente libre, constituye una de las grandes deformaciones de la época moderna. Nadie capturó jamás mercao alguno o logró una competitividad internacional duradera, exclusivamente abriendo su economía, Inglaterra en el siglo XIX y Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial fuero partidarios del libre comercio, porque se convirtieron en los productores más eficientes del Mundo. Puede decirse que el libre comercio ha sido el credo de las potencias que han confiado en su propio poder para desafiar a sus rivales en la carrera por los mercados internacionales.

 

Entonces, en países como la República Dominicana, el debate no debe centrarse entre proteccionismo o libre comercio, sino en cómo elegir tipos de protección que no afecten la eficiencia productiva y las relaciones internacionales, pues la simple adhesión al libre comercio no garantiza el éxito en la economía mundial. La apertura impulsa a algunas empresas a mejorar su eficiencia, a asimilar el proceso tecnológico y a elevar la calidad de sus productos. Todos ellos son pasos importantes para aumentar la competitividad internacional, pero no bastan para conseguir la expansión permanente de las exportaciones ni penetrar en la red global de producción. Para lograrlo, hay que disponer de mano de obra suficiente y calificada, asimilar y crear conocimientos, estimular la formación de capital, incrementar el ahorro y la inversión, desarrollar ventajas a

través de la integración y la economía de escala; y todo ello requiere el apoyo decidido del Estado, pues la historia ha enseñado que “la competitividad de las naciones se crea, no se hereda”.

 

Gedeón Santos