Problemas del Modelo de Desarrollo “Hacia Adentro”

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Al comenzar la década de 1980, era ya evidente que las políticas de “sustitución de importaciones” y de “economía hacia dentro” no estaban rindiciendo los frutos esperados. Profundos desequilibrios internos y externos afectaron a nuestros países; la inflación, el estancamiento económico, la corrupción, el desempleo y una marcada distribución desigual del ingreso, se adueñaron de la realidad, agobiada por la deuda externa y por el déficit en las balanzas comercial y de pago, los inversionistas nacionales y extranjeros perdieron la confianza en América Latina. Esto se manifestó a través de las escasas inversiones y de las másicas fugas de capitales que experimentó la región. El dramatismo de la situación hizo que a esos años de crisis se les denominara “la década perdida”.

 

Crisis del modelo keynesiano

 

Las crisis del modelo keynesiano y del estructuralismo de la Comisión Económica para América Latina y del caribe (CEPAL) tienen su explicación en el hecho de que siendo el capitalismo un sistema esencialmente internacional, no es viable concebir la promoción del desarrollo a nivel nacional dejando de lado los avances del sistema a nivel mundial, pues era imposible desarrollar una economía interior competitiva prescindiendo de las altas tecnologías logradas en otros países.

 

Además, las políticas keynesianas estaban llamadas a fracasar en el Tercer Mundo desde el momento en que fueron transformadas en una estrategia de desarrollo, pues a largo plazo el principal cuello de botella en nuestros países no reside Tanto en la falta de demanda, como planteaba Keynes, sino en la falta de capital para la inversión y en la escasa capacidad productiva.

 

Entonces, comenzaron a fracasar las políticas de protección arancelarias excesivas, las cuales se justificaban en momentos en que  a causa de la depresión internacional, las exportaciones de nuestros piases eran poco atractivas en los mercados mundiales; pero una vez que la demanda internacional se había normalizado, habrían sido mucho más efectivas mediante la vigencia  de tasas de cambio elevadas (devaluación) y aranceles bajos (como hicieron los países del Oriente asiático), en vez de fomentar solamente inversiones en nuevos sustitutos  de importaciones.

 

Una cosa era conservar el mercado interno cuando el externo se derrumbaba, como había sucedido en la década de 1930, y otra muy distinta crecer hacia dentro, cuando el mercado externo florecía en la posguerra.

 

Asimismo, una cosa era estimular la demanda por medio de un gasto fiscal deficitario cuando existía una amplia capacidad productiva ociosa, y otra, seguir incurriendo indefinidamente en ese déficit cuando ya la economía se había reactivado y la capacidad productiva agotado. ¡El primero aminora una recesión; el segundo es simplemente inflacionario!

 

Otro defecto del modelo era que privilegiaba el pleno empleo de los factores económicos en contra de la estabilidad de los precios, estrategia correcta en momentos de aguda depresión, pero deficiente cuando ya la crisis económica ha sido controlada y la depresión superada.

 

Inflación y estanflación

 

Por su lado, el creciente gasto fiscal de los gobiernos del tercer mundo hizo que la inflación pasara a convertirse prácticamente en endémica. El “crecimiento hacia dentro” implicó frenar las exportaciones generándose una crónica escasez de divisas que intentó encarar mediante la imposición de mayores controles administrativos sobre las importaciones y los movimientos de capital. A su vez, como la inflación pasó a ser incontrolable y el gasto de los gobiernos no disminuía, se acudió con frecuencia a la fijación administrativa de precios a todos los productos de primera necesidad.

 

A partir de los años setenta, y todos los problemas anteriormente expuestos, la teoría keynesiana de “administración de la demanda” resultó claramente inefectiva para estimular la producción y a la vez resultó ser inflacionaria, dando lugar a un nuevo fenómeno económico llamado “estanflación”, que consiste en la combinación del estancamiento económico con la inflación en un mismo proceso. Es decir, las recetas que se utilizaban para salir del estancamiento, producían inflación, y las que se tomaban para eliminar la inflación provocaban estancamiento.

 

La economía “politizada”

 

Todo lo anterior, aunado a la imposición de controles de todo tipo por parte del Estado, hacía que cada vez más los precios cumplieran una función de distribución de riquezas y no de asignación de los recursos de la economía. Eso significaba, que la lucha de los beneficios no se centraba en el mercado, sino en el aparato estatal; lo que implicaba la creciente politización del sistema económico. En la medida en que los precios no podían utilizarse para estimular al empresario a aumentar la producción, hubo de recurrirse a créditos selectivos y a subsidios, O sea, que lenta pero irreversiblemente los mecanismos del mercado fueron siendo sustituidos por decisiones adoptadas por los políticos de turno que controlaban el aparato estatal.

 

Constreñida de esta forma, la iniciativa privada tendió a desarrollar actividades de “suma cero” o improductivas; tales como búsqueda de mejores precios fijados administrativamente, créditos preferenciales, mayor protección arancelaria, etc., descuidando de esa forma su propia misión que es la creación de riquezas a través de la eficiencia productiva y de la competencia del mercado. Es decir, bajo ese esquema a los empresarios les resultaba más atractivo financiar la campaña electoral del partido con posibilidades de Poder, que invertir en nuevas tecnologías, reingeniería y marketing; pues total, los precios y por consiguiente las ganancias no veían dadas por el mercado, sino por el partido que llegara al Poder.

 

 

Crisis del modelo cambios mundiales

 

Esos defectos del modelo keynesiano se vieron agravados por los cambios que experimentó la economía mundial con la explosión tecnológica surgida después de la Segunda Guerra Civil, la cual transformó la visión que tenía el hombre del tiempo, de la escala y del espacio; hasta entonces, muy pocos imaginaron que el dinero se transportaría por todo el Planeta a la velocidad de la luz, que los recursos naturales no aguantarían más los embates del crecimiento industrial y que nuestros pueblos cambiaría tan dramáticamente sus hábitos de consumo. Ni Marx, ni Adam Smith, ni Keynes habían previsto estos cambios.

 

Así, el capitalismo pasó de una economía extensiva en recursos naturales y mano de obra, a una intensiva en recursos naturales y mano de obra, a una intensiva en tecnologías y conocimiento, de una reducción de alto volumen a una de alto valor. Con la nueva situación, los gobiernos perdieron capacidad para resolver por sí solos los problemas nacionales. Prisioneros de la geografía, no pueden moverse a escala planetaria; en cambio, el dinero y las mercancías sí, pues el capitalismo ha pasado a ser controlado por una tupida red de empresas globales que no tienen patria. Todo lo anterior ha generado el fenómeno que hoy se conoce como “globalización”.

 

Entonces, ante la nueva realidad de la interdependencia mundial. Las teorías keynesianas dejaron de ser efectivas, pues por ejemplo, cuando el Estado bajaba las tasas de interés para estimular el crecimiento económico, los ahorrantes sacaban sus ahorros del país para llevarlos a donde mejores dividendos les ofrecieran. Cuando el Estado inyectaba dinero a la economía a través del gasto público para incrementar la demanda, en la mayoría de los caos ese dinero no circulaba en la economía nacional, sino que iba a parar a los bolsillos de los fabricantes de automóviles, televisiones, videocaseteras.

 

Gedeón Santos (Extraído de su libro “El PLD Frente a la Pobreza y la Globalización”)