Perestroika, desintegración y futuro de Rusia

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La revolución desde arriba

 

 

Como se pudo apreciar en el pasado capitulo, para mediados de los años ´80, la Unión Soviética padecía crisis en casi todos los órdenes, todas interactuando en forma dinámica, alimentándose una de otra. Puede decirse, que lo único que evitaba el colapso total era el gran torrente de petróleo y demás materias primas que se exportaba. También estaba el hecho, de que a pesar de la crisis no se produjo una caída del ingreso per cápita, no hubo descenso sustancial del nivel de consumo ni del empleo, pues hasta ese momento era el Estado y no la población el que absorbía las pérdidas del sistema al subsidiar con más del 25 por ciento del presupuesto nacional los precios y los salarios (la carne, por ejemplo, cuya producción costaba cuatro dólares la libra, el Estado la vendía a 80 centavos la libra). Asimismo, la población continuaba recibiendo educación y salud gratuita y un retiro asegurado. Es decir, no había una crisis social aguda.

 

 

Además, tampoco había una crisis política que pudiera hacer colapsar el sistema, pues era muy difícil que se generara una crisis de ese tipo en un país donde no habían ni clases sociales, ni partidos políticos, ni sociedad civil; y mucho menos existían movimientos de masas, fueran nacionales o populares o de cualquier tipo, y las voces disidentes eran aisladas, sin base social y sin fuerza política o militar.

 

 

Bajo esas condiciones, la única posibilidad de cambio real tenía que venir de las luchas que se libraban entre las diferentes tendencias de las elites de poder, pues mal que bien, esas elites tenían el control de las únicas instituciones políticas y sociales con capacidad de mover la acción política en favor del cambio. Es decir, el cambio no podía darse desde abajo, sino desde arriba.

 

 

Perestroika y glasnost

 

 

Y efectivamente así sucedió, pues el ascenso al Poder de un hombre salido de esas elites, Mijail Gorbachov, traería a la sociedad soviética en 1985 una propuesta de transformación que cambiaría para siempre, no sólo la historia de la URSS, sino la historia de la humanidad. El equipo de Gorbachov intentó resumir las reformas en dos palabras: perestroika” (reestructuración) y “glasnost” (transparencia). La perestroika constituía una necesidad difícilmente discutible, pues partía del reconocimiento de la situación de crisis y atraso detallada a lo largo de estos capítulos. Se sustentaba en la idea de que el socialismo tenía que cualificarse, no sólo en lo económico, sino en lo político y en lo social. El elemento clave del cambio era la democratización del sistema productivo y de la sociedad.

 

 

El nuevo modelo económico

 

 

La perestroika pretendía cambiar de un modelo de desarrollo extensivo en recursos naturales y mano de obra, a uno intensivo en tecnologías avanzadas; de una producción basada en la industria pesada y armamentista, a una que pusiera acento en la producción ligera y en los servicios; de una economía guiada por el productor, a una orientada por el consumidor; de una dirección económica autoritaria y vertical, a una que acentuaran la autonomía de las empresas. Así, a tono con esos postulados, se promulgó en 1988 una nueva ley de empresas que propiciaba la autofinanciación, la administración orientada por el criterio de costo-beneficio y la posibilidad de quiebra de las empresas deficitarias.

 

 

Asimismo, con el fin de atender el deterioro del consumo cotidiano, se permitió el trabajo por cuenta propia y se estimuló la apertura de restaurantes, taxis, servicios de reparaciones, etc. Los agricultores contaron con la libertad de vender gran parte de sus productos en el mercado libre o directamente a los consumidores, se reguló en favor de los campesinos el arrendamiento de tierras a largo plazo y se inició un proceso de privatización de la tierra y de los bienes agrícolas.

 

 

Por su lado, las relaciones económicas con el exterior experimentaron sustanciales cambios. Las empresas y los centros de investigación podían contar con sus propias oficinas de comercio exterior, se permitió que las empresas trataran directamente con los mercados extranjeros, se hizo posible formar empresas mixtas con el capital internacional y se lograron notables acuerdos en materia de desarme.

 

 

Asimismo, se inició un proceso de renovación de los cuadros diligénciales del Partido, se combatió la corrupción administrativa, la incompetencia en la gestión de las empresas y especialmente se combatió el abuso del alcohol.

 

 

La apertura política

 

 

La reestructuración económica se combinó con una mayor apertura política y de información (glasnost) que implicaba eliminación de la censura, libertad critica, apertura al debate y libertad de creación. Asimismo, se permitió una mayor receptividad a las presiones de la opinión pública, se reformó el sistema electoral y se permitió la pluralidad de candidaturas. A partir de entonces comenzaron a aparecer en la prensa soviética los problemas que durante décadas se le habían mantenido ocultos al pueblo soviético y al mundo, esto es: corrupción, drogadicción, prostitución, etc. Se trataba, en las propias palabras de Gorbachov, de “dar a conocer al pueblo la verdad, sólo la verdad y toda la verdad”.

 

 

Puede decirse, que la perestroika fue la primera puerta que se abría al capitalismo y a la empresa privada desde que Lenín introdujo la NEP en 1921. Pero Gorbachov y su equipo, en principio, no se plantearon como meta el capitalismo, sino que concibieron la perestroika como un medio para cualificar el socialismo asimilando lo mejor del capitalismo.

 

El colapso y la desintegración

 

 

Pero el proceso de apertura desató todas las contradicciones, los defectos y las fuerzas reprimidas de la sociedad. La sincerización de la economía reveló la diferencia del sistema, y los precios, que durante años habían sido subsidiados, se dispararon a sus niveles reales generando una violenta inflación que acabó con los ahorros de la población.

 

 

El atraso de la industria se expresó de inmediato en quiebras masivas y en un desabastecimiento de los mercados. Asimismo, las revelaciones de la prensa sobre el deterioro general del sistema acrecentó la animadversión de la población contra el Partido Comunista, lo cual profundizó la crisis de legitimidad política. A lo interno de la URSS estallaron en forma violenta los grupos étnicos y territoriales, se desataron los movimientos separatistas y la mayoría de las repúblicas proclamaron su independencia. Por su parte, en Polonia triunfaban los católicos del Movimiento Solidaridad, caía el muro de Berlín y se concretaba la unificación alemana y los demás países de Europa oriental se desligaban del eje soviético. De inmediato surgieron corrientes extremistas que planteaban una transformación radical del sistema y otras que preferían un paso gradual al capitalismo.

 

 

Todo ese desmoronamiento fue creando un vacío de poder que fue llenado por el principal antagonista de Gorbachov, Boris Yeltsin, quien contrario al creador de la perestroika, demostró ser un hombre de decisiones firmes y rápidas en situaciones difíciles, así como lo suficientemente intuitivo y oportuno para saber manejarse en medio del caos y de la explosiva correlación de fuerzas del país; por lo que declaró la independencia de Rusia, decretó el fin de la URSS, ilegalizó el Partido Comunista y proclamó la vuelta radical al capitalismo. El hecho crítico consistió en que Gorbachov mantuvo lo rasgos básicos del sistema soviético y apoyó las reformas en instituciones desacreditadas como el Partido Comunista y el Ejercito, que más que solución representaban el problema, pues era imposible relanzar la URSS al mundo moderno con las mismas instituciones rezagadas que habían generado la crisis.

 

 

Gorbachov ante la historia

 

 

Al final, Gorbachov se evidenció como un hombre atrapado entre fuerzas que no podía controlar. Falto de carácter, vacilante y sin un plan definido fue aplastado por las fuerzas que desató. Puede decirse que Gorbachov había reconocido atinadamente los problemas de su sociedad, pero nunca encontró el camino para solucionarlos. El mismo había planteado: “Saber lo que estaba mal fue fácil, saber lo que estaba bien fue lo difícil”. La falta de un plan coherente y bien administrado convirtió a la perestroika en una simple declaración de buenas intenciones. Después de haber sido admirado dentro y fuera de la URSS, casi todos querían contribuir a su caída. Culpado de la crisis por su propio pueblo, abandonado por occidente y avergonzado por su propia incapacidad para conservar el Poder, Gorbachov merece al menos el crédito de haber deseado hacer frente a los problemas soviéticos.

 

 

Pero “la posteridad siempre se inclina por culpar de los fracasos más a los líderes que a las circunstancias”. Al subir al Poder, Gorbachov heredó un país poderoso por fuera, pero débil por dentro, con problemas verdaderamente profundos, tal vez insuperables, pues el desarrollo de la crisis estructural del sistema ya había llegado a un punto irreversible. El gran error de Gorbachov fue que actuó demasiado pronto para abrir el sistema en lo político, demasiado tímido en las reformas económicas y demasiado tarde para contener la desintegración y el colapso.

 

 

Su gran aporte fue servir de instrumento de la historia soviética para liberar las fuerzas renovadoras de la sociedad que durante años se mantuvieron reprimidas bajo la dictadura del Partido Comunista.

 

 

La nueva acumulación  originaria

 

Desintegrada la Unión Soviética, Rusia se sumió en una profunda crisis económica e institucional. La liberación de los precios generó alzas de hasta un 600 por ciento y la población redujo en más de un 60 por ciento su capacidad adquisitiva y sus ahorros. La producción cayó a niveles alarmantes, se generó una crisis de pago entre las empresas y el nivel de vida de la población descendió en un 75 por ciento. No había recursos para la inversión productiva y el enorme gasto militar succionaba los escasos ingresos disponibles. Ante la crisis, las recetas del Fondo Monetario Internacional para los países subdesarrollados resultaron inadecuadas para un país industrializado sin infraestructura de mercado. Asimismo, la corrupción se hizo casi general, los bienes públicos eran saqueados, se registró un radical aumento de la delincuencia y la sociedad pasó a ser controlada por mafias organizadas que se confundían con los funcionarios del Estado.

 

 

La privatización de la propiedad estatal se convirtió en una guerra sin cuartel por la distribución de los bienes y las riquezas del país (un informe del Comité de Seguridad del Parlamento ruso reveló en 1997, que la mitad del Producto Interno Bruto del país el 58 por ciento del comercio eran controlados por mafias organizadas aliadas con funcionarios corruptos).

 

 

Todo lo anterior significaba que junto con las libertades políticas y económicas, los rusos descubrieron también el lado oscuro de la transición capitalista, es decir: inflación, recesión, desempleo, crimen organizado, etc.

 

 

Lo esencial de la situación de Rusia consiste en que la vuelta al capitalismo encontró al país sin burguesía, sin mercado y sin tradición capitalista, lo cual ha implicado que se opere de nuevo un proceso de “acumulación originaria de capitales” que genere una burguesía, que a su vez establezca las reglas del juego del capitalismo. Ese hecho es el que explica el desorden del país, pues ese proceso sólo se lleva a cabo en medio del caos y la violencia. Es decir, Rusia se encuentra en una etapa primitiva del capitalismo que la ha convertido en un país industrializado de características tercermundistas.

 

 

Lo dramático de la situación es que la población, luego de soportar una brutal acumulación socialista y 70 años de privaciones, ahora es la víctima de una voraz acumulación capitalista de la que sólo una minoría saldrá enriquecida. Pero lo peor de todo es que la vuelta al capitalismo no ha representado cambios en la anterior estructura de privilegios del socialismo, pues las antiguas elites del Partido y del Ejército, dado su control absoluto sobre la sociedad, han sido los grandes beneficiados del nuevo reparto del Poder y de la propiedad del Estado. Para mediados de 1995, el 60 por ciento de la actividad económica del país estaba en manos privadas.

 

 

El futuro de Rusia

 

 

Sin embargo, todo el panorama de crisis y de integración que se aprecia en la Rusia de hoy, también se dio en 1917 tras la revolución bolchevique. ¿Quién iba a prever entonces, que tres décadas más tarde Rusia se convertiría en una superpotencia económico-militar cabeza del socialismo mundial?

 

 

¿Quién iba a pensar entonces que la URSS desplazaría del poder mundial a potencias como Alemania, Inglaterra y Francia y que se disputaría la hegemonía planetaria con los Estados Unidos? El Estado soviético nació contra todas las posibilidades y luego logró sobrevivir a una guerra civil, al aislamiento económico, a la ocupación fascista y a una sucesión de pésimos  gobernantes. No resultaría extraño, que a pesar del caos actual, y dado el enorme potencial económico y humano de ese país, los observadores del futuro vean renacer de las ruinas a una Rusia revitalizada, aunque en un mundo diferente bajo condiciones diferentes.