La Rusia Pre-Revolucionaria y la primera etapa del socialismo

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Introducción

 

El colapso de la Unión Soviética ha sido, junto al proceso de la globalización y a la explosión tecnológica, el acontecimiento más trascendental de la etapa final del siglo XX. Conocer a profundidad las causas que le dieron origen, así como su evolución y crisis, presenta una condición casi obligatoria del siglo XXI. Con el fin de captar el proceso en toda su dimensión y riqueza, haremos un recorrido desde la Rusia zarista hasta el colapso de la URSS y sus proyecciones futuras. Comenzaremos analizando la situación de crisis de la Rusia pre-revolucionaria y los acontecimientos en que se desarrolló la primera etapa de la Revolución, pues fue allí donde se sembró la semilla de lo que sería la Unión Soviética en el futuro.

 

Rusia antes de la revolución

 

Al comenzar el siglo XX, Rusia era miembro del selecto club de las potencias mundiales de la época, su enorme territorio y su creciente población lo justificaban, así como su poderoso ejército que a lo largo del siglo pasado había sido el más numeroso de Europa.

 
Entre 1860 y 1913, su producción industrial había crecido enormemente, su producción de acero superaba en mucho a Italia y Japón, era el segundo productor mundial de petróleo y la sexta nación comercial del mundo. Tanto fue el crecimiento de Rusia, que para 1914, la mayoría de los expertos la catalogaban como la quinta potencia económica mundial.

 
Sin embargo, Rusia padecía de una gama de problemas que la hacían poderosa y débil a la vez. En primer lugar, a pesar de ser la quinta potencia económica mundial, Rusia iba muy detrás de Estados Unidos, Inglaterra, Alemania y Francia, pues en comparación con estos cuatro países, la economía rusa era subdesarrollada. En segundo lugar, a pesar de los avances industriales, Rusia continuaba siendo una sociedad esencialmente rural donde más del 80 por ciento de la población era campesina, que en su mayoría cultivaba la tierra con métodos medievales. Sólo el dos por ciento de la población trabajaba en la industria y sólo el 30 por ciento de la población sabía leer y escribir. Y en tercer lugar, estaba el hecho de que gran parte de la industrialización rusa estaba en manos del capital extranjero. A todo lo anterior se le sumaban las deficientes comunicaciones, el impacto del implacable clima sobre las cosechas y el enorme gasto militar.

 
En la mayoría de las ciudades los obreros vivían sin alcantarillado, con precarias condiciones de vivienda y alquileres elevados. El índice de mortalidad era el más elevado de Europa, los niveles de embriaguez eran alarmantes y la pobreza era casi generalizada en la población. Aunque los impuestos a los ricos se mantenían a un nivel mínimo, la población veía cómo cada vez aumentaban las cargas a los artículos alimenticios y al vodka. Además, el régimen político era severamente autocrático, despótico y cruel, así como deficiente y corrompido que se erigía sobre un injusto sistema de clases. Todo lo anterior convertía a Rusia en un polvorín socio-político a punto de estallar.

 
Así, entre 1912 y 1914 las huelgas, protestas masivas, detenciones y muertes, aumentaron en forma alarmante. Sólo en 1913 se registraron más de 100 mil detenciones por razones políticas.

 
A esto se le sumaba el cansancio del ejército, el cual tenía que ir a la guerra en condiciones deplorables y el cansancio de la población que no quería más muertos ni más derrotas militares. Todo ese panorama de crisis fue aprovechado por el Partido Bolchevique para promover el derrocamiento del Gobierno zarista y su sistema político, económico y social.

 

 

El partido bolchevique

 

 

El Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, llamado también Bolchevique, formaba parte del movimiento socialista internacional, el cual desde finales del siglo XIX y principio del XX se dividió en dos grandes corrientes: los que planteaban el derrocamiento del Estado burgués para reemplazarlo por un nuevo Estado proletario que erradicara el capitalismo y su sistema de explotación; y los que preferían conquistar el Poder político por las vías constitucionales existentes y lograr las reformas socialistas y las reivindicaciones obreras sólo reformando el capitalismo. Los primeros terminaron llamándose “socialistas o comunistas” y los segundos “socialdemócratas”. Los bolcheviques optaron por el primer camino, pues siguiendo la tradición marxista, se proponían como objetivo superar el capitalismo “explotador y opresor de la clase obrera” y construir el socialismo mediante la socialización de los medios de producción para logar una distribución más equitativa de las riquezas y una realización más libre del individuo.

 
El Partido Bolchevique era pequeño, pero altamente disciplinado; sus miembros eran cuadros políticos sólidamente adoctrinados y preparados para la lucha revolucionaria, compuestos en su mayoría por obreros industriales e intelectuales y dirigidos por el genio político de Lenín. Lenín demostró ser un líder excepcional, pues combinó un extraordinario poder de análisis intelectual y una profunda fe en la verdad de sus conclusiones, con un agudo sentido de la realidad política y de las normas prácticas de ejercicio del Poder. Empleó esta rara combinación de facultades extraordinarias para hacer de su partido un poderoso instrumento de acción revolucionaria. Para 1918 Lenín había creado los cuatro instrumentos que consolidarían el poder socialista en Rusia: el Partido Comunista, los Soviets, la Policía Secreta y el Ejército Rojo.

 
Así, los bolcheviques, aprovechando la situación de crisis generalizada formularon un programa que contenía cuatro puntos: tierra para los campesinos, comida para los hambrientos, poder para los soviets y paz con Alemania. Esas consignas no sólo resultaron acertadas, sino que, favorecidas por las condiciones objetivas creadas por la Primera Guerra Mundial, ganaron el apoyo de los campesinos descontentos y de los soldados. Entonces, bajo esa realidad se creó el primer Estado socialista del mundo.

 

 

La primera etapa socialista

 

 

El primer acto del Poder soviético fue el decreto que expropiaba, sin indemnización, la propiedad rural a los terratenientes y a la iglesia. Esas propiedades fueron distribuidas a individuos y sólo una parte pequeña se destinó a granjas del Estado. La mayoría de los pequeños y medianos campesinos conservaron las parcelas que tenían previamente.

 
Asimismo, los bancos y el comercio fueron nacionalizados, las empresas industriales pasaron al control de los trabajadores y se redujo la jornada de trabajo a ocho horas. Desde el principio, los bolcheviques se habían planteado como tarea prioritaria la industrialización y la electrificación del país. Lenín decía al respecto: “La única base del socialismo puede ser la gran industria mecánica, capaz de reorganizar, incluso, a la agricultura” . Había insistido especialmente en la necesidad de electrificar el país acuñando un lema repetido hasta la saciedad: “El comunismo es el poder soviético más la electrificación del país”.

 

 

Gedeón Santos (Extraído de su libro “Sistemas Mundiales en Crisis”)