La Crisis de Venezuela y sus Lecciones (2/4)

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Lecciones de la Crisis de Venezuela

 

Como se explicó en el pasado trabajo, luego de la bonanza, la economía venezolana comenzó a declinar, pues los precios del petróleo disminuyeron y las tasas de interés de los préstamos se elevaron, aumentó el déficit fiscal y comercial, se generó un profundo proceso inflacionario, aumentó el desempleo, se devaluó la moneda y los ingresos petroleros per cápita volvieron a los niveles de los años 50. A todo lo anterior se le sumó una marcada marginalidad urbana, delincuencia e inseguridad ciudadana, migración del campo y la ciudad, el renacimiento de enfermedades endémicas como el dengue y el dengue hemorrágico, enriquecimiento ilícito de una minoría y frustración de la población ante la incapacidad de lograr una movilidad social ascendente.

 

Crisis Social y Pobreza

 

Además, el Estado perdió la capacidad para resolver los problemas, y la población se quejaba de la falta de servicios básicos como agua potable, alcantarillado, teléfonos, etc. A su vez, las constantes protestas callejeras, huelgas estudiantiles y obreras y estallidos periódicos de violencia indicaban la profundización  de la crisis social. Entre 1984 y 1991 la pobreza paso del 36 al 68 por ciento. Pero esa pobreza extrema de Venezuela no era la clásica latinoamericana, sino la llamada “pobreza del sub desarrollo opulento” que caracteriza a las sociedades exportadoras de petróleo.

 

Sin embargo, aunque las señales de declive socioeconómico eran, ha mediado de la década de los ochenta, evidentes (especialmente a partir de febrero de 1983 cuando se produjo la primera devaluación de la moneda), los gobiernos de esos años no emprendieron programas serios de ajustes económicos que enfrentaran la delicada situación. Se puede decir, que la economía y la sociedad venezolana no habían estallado, porque el Estado retardaba el colapso incurriendo en gastos deficitarios y deudas que comprometían aún más los ya reducidos ingresos petroleros.

 

El “Gran Viaje” y Las Reformas

 

Para el 1989, los múltiples desequilibrios hacían impostergable un cambio en la conducción de la política económica. Las esperanzas de la población se cifraron entonces, en Carlos Andrés Pérez (CAP.), dirigente populista que hacia recordar a los votantes los tiempos de abundancia y derroche de décadas pasadas. Pero inmediatamente tomó el Poder, lejos de venir con un programa populista como en otros tiempos, Carlos Andrés Pérez planteó un proyecto de cambios y reformas económicas al que denominó “El Gran Viaje”, el cual respondía a la ortodoxia neoliberal del “Consenso Washington”.

 

Así, el gobierno de Pérez se proponía la liberación comercial y cambiaria, la eliminación a la inversión extranjera, la eliminación de los controles de precios, la liberación de la tasa de interés y un cambio en la orientación de los subsidios gubernamentales para que estos pasaran de indirectos y generalizados a directos y específicos. Además, Carlos Andrés Pérez propuso un programa de reforma de largo alcance  que incluía: Reforma fiscal y financiera, privatización de empresas y servicios públicos; las reformas no se hicieron esperar, puesto que entre 1989 y 1992 se eliminó el déficit fiscal y comercial; la inflación, luego de subir, se redujo al 30 por ciento y el crecimiento económico se elevó radicalmente para llegar a un 9.7 por ciento en 1991 y un 7.0 por ciento en 1992, lo cual hacía de Venezuela una de las economía de mayor crecimiento en el mundo.

 

Errores y Colapso de Las Reformas

 

Sin embargo, a pesar del carácter científicamente correcto e impostergable de las reformas, Carlos Andrés Pérez no logró ni apoyo popular ni respaldo parlamentario para el programa de ajuste económico, ni tampoco logró comunicar a la población la profundidad de la crisis económica ni la necesidad de sacrificios para superarla; por lo que el proyecto sucumbió ante la indiferencia de su partido y ante el ataque despiadado de sus opositores, puesto que nadie quería cargar con los sacrificios ni con la impopularidad que implica un programa de “sincerización económica”.

 

Además, las reformas económicas no estuvieron acompañadas de un esfuerzo que mejorara la desigualdad en la distribución de la riqueza y del ingreso, pues la reestructuración de los subsidios, para que beneficiaran más a los pobres que a la clase media, se apoyó en una burocracia deficiente que ahogó el programa de reformas sociales. Se puede decir, que el gran error de Carlos Andrés Pérez fue que se negó a pasar las reformas a través de los viejos canales políticos tradicionales, por lo que el sistema percibió el programa como un ataque a su propia existencia, la que desde hacía tiempo dependía de los factores del Estado. Es decir, el Gobierno ignoró a los partidos y creó la llamada “Oficina de Concertación”, la que más que concertar, desinformaba a los sectores económicos y a la comunidad del progreso de las reformas. Además, las constantes denuncias de corrupción y derroche, contrastaban con la rígida austeridad en que vivía la población, por lo que el Gobierno perdió toda autoridad para exigir los sacrificios que demandaba un proyecto de esa naturaleza. Al final, el gobierno de Pérez, prisionero de la arrogancia y la incapacidad para generar consenso, “no ideó una nueva política para acompañar a la nueva economía”, y no supo construir una “coalición de ganadores potenciales”, ni supo aislar a los “perdedores potenciales”, “lo que condujo a una reforma economía incompleta y a una presidencia abortada”.

 

El Gobierno de Caldera y El Retroceso

 

Así, ante el fracaso de Carlos Andrés Pérez, para las elecciones de 1993, la población cifró sus esperanzas en el doctor Rafael Caldera, quien basó su campaña en un discurso electoral populista que se cimentaba en dos recursos fundamentales: en el rechazo de un programa de ajuste macroeconómico dirigido por el Fondo Monetario Internacional; y en la promesa de un gobierno “supra-partido” que respondiera a los intereses de la Nación, y no a los intereses de los partidos. Además, planteaba erradicar el “Gran Viaje” de Carlos Andrés Pérez, eliminar la corrupción y la pobreza y sepultar las reformas neoliberales. Este programa, que en su mayor parte era objetivamente inaplicable y científicamente absurdo, no hubiese producido mayores daños, si se hubiese quedado como una simple estrategia electoral para alcanzar el Poder.

 

Pero no sucedió así, pues el octogenario líder, en la primera etapa de su gobierno intentó hacer efectiva su promesa de campaña y de inmediato puso controles de precios y cambio, suspendió las garantías constitucionales y enfrentó a la actividad bancaria y a los derechos de propiedad. Asimismo, promulgó leyes que imponían hasta tres años de cárcel a quienes violaban los controles de precios, y estableció penas de hasta cinco años de prisión por el uso indebido de moneda extranjera. También, perdió una enmienda constitucional que le permitía disolver el Congreso; y luego de abandonar dicha propuesta, declaró un estado de emergencia económica que le permitiera gobernar por decreto. Todo hecho en nombre de la “justicia social” y la solidaridad.

 

Fracaso de La Políticas de Caldera

 

Pero de inmediato se revelaron los defectos del proyecto, y el Gobierno tuvo que enfrentar la quiebra del Banco Latino (el segundo más grande del país) y otros trece más, la inflación se elevó a un 70 por ciento en 1995, el déficit fiscal que se quería reducir a un 2,5 por ciento del PIB alcanzó el 15,2 por ciento ese mismo año, y la pobreza superaba el 60 por ciento de la población. Es decir, el proyecto populista se revelaba como un rotundo fracaso, por lo que el presidente Caldera tuvo que cambiar de actitud e iniciar un programa de recuperación económica que contenían las mismas políticas que él se había propuesto erradicar. Así, tuvo que recurrir al Fondo Monetario Internacional para que pusiera “orden en la casa”, e inició un programa de estabilización que se proponía reducir la inflación, disminuir el déficit fiscal, restablecer el crecimiento económico y aminorar la dependencia de los ingresos petroleros.

 

Se puede decir, que el gobierno de Rafael Caldera, sin propuestas claras, con un proyecto económico alejado de la realidad y sin haber logrado respaldo político ni social, se convirtió en un intento unilateral por imponer nuevas recetas a nuevos problemas. Al final Cardera terminó solo, rodeado ante un círculo familiar ante su incapacidad de cohesionar en forma efectiva un gobierno “supra-partido” (como lo había prometido), de real consenso nacional como lo ameritaba la realidad venezolana. En la práctica, los fracasos de Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera no eran más que la expresión de la agonía de una sociedad cuyos componentes entraron en crisis, cuando la industria petrolera dejaba de producir los ingresos para sostener a una sociedad que se había acostumbrado a vivir en medio de una relativa abundancia. Ahora bien, ¿Cómo se expresó esa crisis del modelo de sociedad venezolano en el sistema de partidos y en la democracia política? Esto lo veremos en la próxima entrega.

 

 

Gedeón Santos