La crisis de Cuba y El Síndrome de Corea

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A partir de los años sesenta, Cuba ha estado en los primeros lugares de las noticias internacionales. Diariamente, defensores de la Revolución y anticastristas exponen apasionadamente sus criterios en favor y en contra del proceso cubano. Pero, ¿qué pasa realmente en Cuba? ¿Cuál es la real magnitud de los problemas del vecino país? ¿Cuáles son las posibilidades reales de desarrollo de un país socialista en una economía mundial dominada por un capitalismo interdependiente y en proceso de globalización?

 

Desde comienzos de la década de los sesenta, Cuba fue separada del sistema interamericano y obligada por las circunstancias a formar parte del sistema socialista internacional. En principio, su ubicación en el eje soviético le aportó importantes beneficios en préstamos blandos, subsidios a las importaciones y exportaciones, donaciones, ayuda técnica, asesoramiento militar y seguridad estratégica. Sólo entre 1981 y 1990, Cuba recibió de la Unión Soviética el equivalente a 43 mil 800 millones de dólares. Esto le permitió a Cuba exhibir una bonanza económica y social que la convirtió en un modelo internacional, en un momento en que la mayoría de los países del Tercer Mundo padecían una severa crisis provocada por los aumentos de los precios del petróleo, la deuda externa y por el deterioro de los precios de los principales productos de exportación.

 

Pero, esa elevada protección aumentó dramáticamente su dependencia económica y comercial con el Bloque Soviético.

 

Para 1987, el 72 por ciento de sus transacciones comerciales eran con la Unión Soviética, el 18 por ciento con los demás países del Bloqueo Socialista y sólo el 10 por ciento con países capitalistas. Pero lo peor fue, que ante el espejismo de la bonanza, Cuba no logró ni eficientizar su aparato productivo, ni diversificar sus exportaciones y quedó cada vez más aislada del mercado y la competencia internacional. Ese aislamiento creció con el recrudecimiento de la guerra fría que llevó a Estados Unidos a profundizar el embargo económico a la Isla y a presionar a los países de su eje para que se alejaran más de Cuba.

 

A lo anterior se le sumaban los defectos propios del sistema socialista: Poca flexibilidad, escaso incentivo al trabajo, burocratismo, papeleo, corrupción, falta de autoridad en la jerarquía de las empresas, agresividad contra los que pensaban con cabeza propia y persecución contra la crítica. Además, el socialismo demostró poca capacidad para introducir los progresos científicos en la producción, pues no disponía de un sistema de mercado que generara una demanda para los nuevos productos y procesos. Además, eran los planificadores y no los consumidores lo que determinaban qué cosas consumir y también la calidad y la forma de los productos. Todo lo anterior hizo que el socialismo se convirtiera en un sistema estático, anti-dialéctico, sin capacidad de movilidad social, ni económica, ni intelectual; pues se olvidó que “¡no sólo de pan, educación y salud vive el hombre!

 

Todo esto sucedía en un momento en que en el capitalismo se operaba un profundo proceso de cualificación a través de la explosión tecnológica y la globalización. Pero con la desaparición del Bloqueo Socialista, la ayuda económica terminó, el comercio con Rusia se redujo a un décimo, se eliminaron los subsidios, las transacciones comenzaron a hacerse a precios del mercado mundial, el suministro de combustible se cortó en un 63 por ciento y se hizo difícil la compra de repuestos para las maquinarias y equipos que habían sido importados de los países socialistas. Como consecuencia de lo anterior, las compras en el exterior se redujeron en 1993 de 8 mil 139 millones de dólares a sólo 1,719 millones; la producción de su principal cultivo, la caña de azúcar, se redujo de un promedio de 7 millones de toneladas anuales a sólo 4 millones. Además, para 1994 el 69 por ciento de las empresas del país funcionaban con pérdidas, había un exceso de circulante, se generó un déficit presupuestal que para 1993 era de 5 mil millones de pesos, y se acumuló una deuda externa de 11 mil millones de dólares, sin contar 24 mil 474 millones de rublos prestados por la ex Unión Soviética.

 

Ese drama económico trajo consigo una caída en el consumo, un deterioro en el poder de compra del peso y como consecuencia una reducción de los salarios, además un aumento del desempleo por encima de 18 por ciento y una pérdida de valor de la moneda de hasta 120 pesos por dólar en el mercado negro. Todo lo anterior ha producido una reducción en la disponibilidad de medicamentos y en los insumos para producirlos, crisis en la producción de energía eléctrica, escasez de combustible para el transporte, desabastecimiento general y sobre todo un incremento en la desigualdad del ingreso y un aumento de la “pobreza”. La crisis de Cuba no es peor, por la entrada de más de 800 millones de dólares de remesas y por los más de 740 millones de dólares del turismo y la inversión extranjera.

 

Puede decirse que en Cuba no se ha desatado una crisis política que dé al traste con el sistema, porque las políticas sociales, a pesar de sus elevados costos económicos, sirven

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de amortiguadores políticos a la crisis; porque desde sus inicios la Revolución desarticuló los focos de oposición al régimen, porque como consecuencia de lo anterior no se ha generado un liderazgo opositor serio y competente; por la absurda política exterior norteamericana hacia Cuba que le ha dado al liderazgo cubano un discurso para justificar la crisis económica, la política de seguridad nacional y la represión interna.

 

Además, por el apoyo internacional que ha generado la oposición a la ley Helms Burton; porque Cuba representa un contrapeso “moral” contra el poder hegemónico de Estados Unidos en el Continente, y por el peso de la autoridad del presidente Fidel Castro ante el pueblo cubano y el mundo.

 

Entonces, todo lo anterior demuestra que Cuba padece del “síndrome de Corea del Norte”, pues al igual que el país asiático, experimenta un proceso de involución y empobrecimiento creciente producto de su aislamiento del sistema capitalista internacional. Aunque hay que reconocer que a diferencia de Corea, ese aislamiento en los últimos siete años no ha sido el producto de una política deliberada del liderazgo cubano, sino una imposición del bloqueo que mantiene Estados Unidos a la Isla, de la dificultad del sistema para asimilar las reformas capitalistas y de una resistencia ideológica a la dependencia del capitalismo mundial. Hoy, para librarse de la “enfermedad coreana”, Cuba ha iniciado un profundo proceso de reforma estructural que implica incentivos a la inversión extranjera, apertura de mercados para productos agrícolas, autorización del trabajo por cuenta propia, introducción de tenencia y circulación del dólar, recorte al gasto público, reforma general de precios y eliminación de subsidios a determinados bienes de consumo y a empresas deficitarias.

 

La estrategia oficial es convencer a la población de que no hay otra alternativa para resolver la crisis que no sea apoyar al gobierno y aceptar las privaciones actuales; pero mientras el Departamento de Estado norteamericano no desista de su equivocada política de “guerra fría” hacia Cuba y el liderazgo cubano no resuelva sus diferencias con Estados Unidos, el gobierno cubano tendrá que desarrollar una política de seguridad nacional que desviará los esfuerzos del país hacia lo político-militar y no hacia lo económico-social, lo cual retrasará el proceso de reformas y la inserción en la economía mundial. Pues en definitiva, Cuba sólo podrá superar el “síndrome de Corea”, cuando su dirección política se libere de los dogmas socialistas y cuando comprenda en mayor medida que irremediablemente su destino está ligado al sistema interamericano y su suerte al proceso de América Latina.

 

Gedeón Santos