El Futuro de la Pobreza en la Globalización

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En los capítulos anteriores hemos analizado la pobreza en sus distintas vertientes, pero no habíamos tocado el problema de la desigualdad en que se desenvuelven las relaciones económicas internacionales en un mundo en proceso de globalización. Un mundo rico en el Norte y un mundo pobre en el Sur, componen las dos partes de un problema que las mentes sensatas del Planeta tienen que sentarse a resolver; mucho más en un momento en que la humanidad posee, por primera vez en la historia, los recursos científicos para erradicar la pobreza en el Planeta. Pero, ¿Cuál es la magnitud de la desigualdad en el mundo? ¿Cuáles son nuestras necesidades esenciales y cuales deberían ser nuestras demandas?

 

La desigualdad en el mundo

 

El valor de la producción de bienes y servicios de todos los países del mundo era, para 1997, de unos 30 billones de dólares (billones en español). De ese Producto Mundial Bruto, el 66 por ciento representan la producción de los 24 países más ricos del mundo, mientras que el restante 34 por ciento se reparte entre los demás países que componen el Planeta.

 

Pero lo dramático de esa cifra es que los países que disfrutan el 66 por ciento de las riquezas mundiales, representan apenas el 19 por ciento de la población global, mientras que el 81 por ciento del resto de la población, mayoritariamente pobre, sólo se beneficia del 34 por ciento de las riquezasde nuestro Planeta. Todo lo anterior revela una cruda realidad: que vivimos en un mundo en el cual las riquezas están repartidas en forma profundamente desiguales.

 

Lo que acabamos de decir se puede apreciar más concretamente en lo que pasa con la inversión, el comercio, los flujos de capitales, los usuarios de teléfono y de internet y el gasto en investigación y desarrollo. Así, podemos ver que el 80 por ciento de las exportaciones mundiales salen de los piases ricos, el 68 por ciento de la inversión extranjera directa es absorbida por los países industrializados, el 87 por ciento de los préstamos internacionales va a parar a los países del Norte, el 74 por ciento de las líneas telefónicas mundiales esta en los países ricos, así como el 91 por ciento de los usuarios de internet. Finalmente, el 84 por ciento del gasto mundial en investigación y desarrollo correspondía en 1993 a sólo diez países.

 

De lo anterior se desprenden, por lo menos cuatro verdades sobre las relaciones económicas internacionales de hoy: 1) que la economía mundial está dominada por un pequeño grupo de países altamente industrializados: 2) que las relaciones económicas se dan en su mayoría entre países ricos; 3) que las relaciones de los países del Norte con los del Sur de dan en condiciones de desigualdad; y 4) que la información y el conocimiento, riqueza fundamental del siglo XXI, están concentrados en un pequeños número de países.  El problema esencial de esa concentración de las riquezas consiste en que, a diferencia del nivel estatal, no existe a nivel internacional mecanismo alguno de redistribución que compense la desigualdad de las relaciones internacionales.

 

Menos importantes y desorganizados

 

Pero un hecho todavía más dramático es que esa realidad podría agravarse en el futuro, en la medida que nuestros países pierdan importancia en el mercado mundial. Los mercados que interesan a las grandes empresas son los de la Unión Europea, los de Estados Unidos y los del Japón, por concentrarse allí los consumidores de más altos ingresos del mundo, y en su defecto, les interesan los mercados de las potencias regionales como Brasil, México, China y la India. Y para colmo, las materias primas y la mano de obra barata, que les daban a nuestros países un determinado grado de importancia en el comercio internacional, pierden cada vez más terreno con la revolución tecnológica.

 

Aunque quizás, los problemas más graves para los países pobres en sus relaciones con el Norte post-industrializado son nuestra poca influencia en los foros internacionales (a veces dejadez y escasa presencia), y el hecho de que no contamos con una organización que nos dé coherencia y unidad; mientras que los países ricos cuentan con foros de análisis y de acción tan poderosos como el G-7 (que para algunos funciona como un gobierno mundial) y la OCDE (Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo), entre otras organizaciones, que cuentan con grandes cantidades de recursos económicos, equipos de consulta y  negociación del más alto nivel, importantes centros de información y equipos de coordinación normativa, entre otros recursos.

 

Los países pobres, en cambio, cuentan con instituciones regionales y mundiales como el G-15, el G-24, el G-77 y una gama de grupos e instituciones subregionales; pero estas organizaciones sólo se han limitado a describir los problemas sin generar iniciativas efectivas, quizás por el hecho de que todos los países que las integran no alcanzar ni a la mitad del poder real de los países ricos; entre los países pobres no existe un país con el liderazgo necesario como para cohesionar el conjunto de los países del Sur.

 

Además, en la actualidad es difícil agrupar a los países pobres sobre la base de las divisiones hasta ahora existentes, pues ya las denominaciones de subdesarrollados, en vías de desarrollo, del Sur o del tercer mundo, no refleja la realidad de los países no desarrollados de hoy. Así, por ejemplo, Etiopía y la República Dominicana no pertenecen al mismo mundo, ni tienen el mismo grado de desarrollo, pero tampoco República Dominicana se compara con Chile, ni Chile con Singapur, etc. Hoy, se puede decir que hay países que han retrocedido hacia el cuarto, quinto o sexto mundo; y otros que han evolucionado hacia el segundo mundo para ubicarse entre los países de rentas medias o países de reciente industrialización. Por lo que  no existe una denominación  que pueda agrupar a todo los países que antes eran llamados pobre o del tercer mundo.

 

El nuevo poder de los pobres

 

Ahora bien, la realidad anteriormente expuesta no quiere decir que nuestros países hayan perdido toda importancia frente a las naciones industrializadas, lo que pasa es que hoy sólo somos importantes en la medida en que podemos afectar la vida de esos países.

 

Así, adquirimos importancia cunado producimos emigración masiva, cuando deterioramos el medio ambiente o cuando los ricos sienten que nuestra violencia puede salpicarlo de alguna manera (tráfico de drogas, lavado de dinero, terrorismo, enfrentamientos armados, crisis petrolera, etc); puesto que la amenaza de que nuestro países se conviertan en comunistas ya no condiciona las relaciones entre los países pobres del Sur y los ricos del Norte.

 

Esas amenazas, más que la solidaridad, son las que harán posible que los países ricos vuelquen recursos hacia nuestros países. Es decir, son los instintos de conservación y de legítima defensa los que provocarán iniciativas en favor de nuestros pueblos. La esencia del problema radica en que, por primera vez, la globalización y el desarrollo tecnológico, han hecho posible que lo que haga el Sur pueda perjudicar al Norte.

 

Las demandas del Sur

 

Sin embargo, a medida que se inicia el presente siglo, las economías desarrolladas del Norte parecen tener todos los triunfos en las manos: capitales, tecnologías, ventajas competitivas, control de las comunicaciones, excedentes alimentarios, poderosas compañías multinacionales, y sobre todo el Poder mundial.

 

Ahora bien, conocidas las bases que norman las relaciones entre el Norte y el Sur, ¿Cuáles deberían ser las demandas de nuestros países en el escenario internacional? ¿Qué necesitan nuestros países para mitigar la pobreza? Más que ayuda, lo que necesitan nuestros pueblos son inversiones, tecnologías y mercados. Pero esos tres recursos los tienen los países desarrollados y de la única manera que pueden fluir hacia nuestros países es si se les quitan las barreras que se imponen a través de las políticas proteccionistas.

 

Proteccionismo y apertura

Y esto nos lleva necesariamente al problema de qué camino seguir en materia de política comercial, si el libre comercio o el proteccionismo. Sin embargo, la historia demuestra que a pesar de la promoción al libre comercio que hacen los países industrializados, lo que ha existido en el mundo hasta hoy es el proteccionismo. Los países ricos para proteger a sus productores mantienen cuotas, aranceles, subsidios a las exportaciones, derechos compensatorios directos. Así, en los países desarrollados el debate no parece centrarse en la disyuntiva entre libre comercio o proteccionismo, pues más bien gira entorno a cómo proteger y ampliar los mercados y qué políticas aplicar para no perder la primacía, aun cuando esto vaya contra los principios del libre comercio.

 

Entonces, actuar como si el mercado fuera verdaderamente libre, es una de las grandes deformaciones intelectuales de la época moderna. Nadie capturó jamás mercado alguno o logró una competitividad internacional duradera, exclusivamente abriendo su economía. Inglaterra en el siglo XIX y Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial fueron partidarios del libre comercio porque se convirtieron en los productores más eficientes del mundo. Puede decirse que el libre comercio ha sido el credo de las potencias que han confiado en su propio poder para desafiar a sus rivales en la carrera por los mercados mundiales. Es decir, los países poderosos actúan como el fariseo que decía: “Hagáis lo que yo digo, pero no hagáis lo que yo hago”.

 

Pero el hecho de que el proteccionismo haya dominado el comercio mundial, no quiere decir que sea lo mejor para los países en desarrollo. El mercantilismo fue y sigue siendo un juego de suma cero en el que un país gana sólo a costa de lo que otros pierden. Además, nuestros países no tienen nada que buscar en un ambiente proteccionista, puesto que los piases ricos tienen mayor poder y recursos que los países pobres para proteger y subsidiar a sus productores. Asimismo, la justificación del proteccionismo para ayudar a la industria naciente ha perdido consistencia con la rapidez de los cambios tecnológicos, pues ya no se puede esperar 10 ó 15 años hasta que una industria sea eficiente como plantean  los proteccionistas, puesto que entre una tecnología y otra pasan a penas meses o pocos años.

 

Todo lo anterior quiere decir, que nuestros países lo que deben hacer es lograr combinar salarios competitivos con tecnología, ya que esta combinación es irresistible, puesto que los países ricos no podrían ser competidores con los precios que generarían los productos de esa combinación. Además, si los ricos no quieren verse inundados por gigantesca olas de emigrantes, si no quieren ver deteriorado sus medio-ambientes y si no quieren sentirse afectados por nuestras violencia; tienen que abrir las puertas del comercio a nuestros productos.

 

Esto significa que nuestros países pobres tienen que desarrollar equipos de negociadores profesionales, que comprendan nuestros puntos fuertes y las debilidades del contrario para lograr acuerdos internacionales. favorables a nuestros planes nacionales. Además, debe desarrollar una política comercial abierta, sin descuidar el apoyo a nuestros productores nacionales, así como formar bloques de países regionales y mundiales para aunar fuerzas y negociar en mejores condiciones.

 

La ayuda y la cooperación

 

Pero inversión, tecnología y mercados no son suficientes: también nuestros pueblos necesitan ayuda y cooperación, especialmente cuando se sabe que parte de las ganancias que los países del Norte obtienen del comercio y de la inversión, provienen de las pérdidas de los países del Sur.

 

Además, la ayuda y la cooperación internacional son necesarias porque algunos países son tan pobres que prácticamente han quedado fuera de la competencia y de los ingresos del mercado mundial. Entonces, en un mundo cuyas riquezas están repartidas en forma tan desigual y donde el comercio tiene tantas imperfecciones, la cooperación al desarrollo cumple el papel de las trasferencias fiscales al interior de un Estado, es decir, cumple la función de mecanismo de re distribución de las riquezas. La consigna entonces debe ser: ¡Más comercio, pero con redistribución mundial!

 

El problema de la deuda externa

También nuestros países deben insistir en una reducción de la deuda externa. Sabemos lo difícil que es la solución de este problema, puesto que en primer lugar, a pesar de su magnitud, la deuda externa no representa, por el momento, una amenaza para los bancos internacionales, ni para la estabilidad del sistema financiero internacional; y en segundo lugar, la mayoría de los países deudores luego de reajustar sus economías, reactivaron la capacidad de pago y están honrando sus deudas.

 

Además, en la actualidad, gran parte de la deuda no se le debe a los grandes bancos, sino a un sinnúmero de pequeños ahorristas tenedores de bonos muchos de los cuales son nacionales, lo cual ha venido a agravar el problema, pues resulta más difícil negociar con miles de especuladores que con diez grandes bancos.

 

Asimismo, ya las deudas internacionales no se consideran como algo ajeno a las economías nacionales, pero la interdependencia global ha hecho que las deudas sean un elemento normal y necesario para el desarrollo de las economías de hoy, ya que difícilmente un país puede autofinanciar su desarrollo con recursos internos solamente. Finalmente, la deuda continua siendo un elemento importante para el control de las economías de los países pobres por parte de los organismos internacionales y los países industrializados, puesto que la deuda les sirve de pretexto para inferir en los asuntos internos de nuestras economías y así defender mejor sus intereses.

 

Sin embargo, a pesar de la realidad anteriormente expuesta, lo justo sería pedir que se condone la deuda, especialmente cuando se sabe que nuestros países han pagado con creces dicha deuda a través de una colosal trasferencia de capital hacia los países ricos; pero pedir a los banqueros, cuyo fin es conseguir el mayor lucro posible, que condonen la deuda es una tarea casi imposible. Por lo que más que apelar a su conciencia, debemos apelar a su instinto de conservación y su afán de lucro, mostrándoles los beneficios y el peligro que corre el mundo si la deuda sigue estrangulando a nuestras economías.

 

Entonces, más que condonación debemos pedir renegociación. Más que despreciar el endeudamiento debemos exigir más préstamos, aunque en mejores condiciones. Y más que renegociación y nuevos préstamos debemos convencer a los más ricos de los beneficios mutuos de un plan masivo de inversión para el desarrollo, con la coherencia y la amplitud que tuvo el “Plan Marshall” para la reconstrucción de Europa, ya que nuestros problemas son tan graves, que sólo se pueden comparar con la devastación económica provocada por la Segunda Guerra Mundial.

 

Sin embargo, hay que estar consciente de que, cualquier iniciativa internacional en favor del desarrollo sólo puede complementar o acelerar nuestras propias capacidades como pueblo, pero en ningún caso podrá sustituirlas. Ninguna estrategia internacional contra la pobreza significará nada, si no se acompaña de transformaciones internas que aprovechen al máximo las ventajas del comercio mundial. Ni la apertura a nuestros productos, ni la ayuda internacional, ni la reducción de la duda serán la solución a nuestros problemas de pobreza, si simultáneamente a esas iniciativas no libramos en cada país una batalla contra las causas de nuestro propio atraso económico.

 

El fututo de la pobreza

 

Empero, este panorama de desigualdad internacional que hemos expuesto a lo largo de este capítulo, plantea una crisis de la especie humana, crisis que puede llevarnos a la confrontación o la extinción misma; pero también puede significar la oportunidad de crear un nuevo orden mundial más estable, de mayor abundancia y más solidario, puesto que por lo menos tres acontecimientos pueden contribuir a ello.

 

En primer lugar, por primera vez en la historia, la humanidad posee el conocimiento científico necesario para resolver todos los problemas conectados con la base material de la vida. Es decir poseemos el desarrollo tecnológico para asegurar a cada ser humano un nivel de vida que provea sus necesidades materiales básicas. Se puede decir, que la pobreza y la miseria de gran parte de la humanidad, esta vez no son el resultado de la incapacidad del hombre para trasformar su medio físico, sino de la distribución desigual de los productos de ése conocimiento científico.

 

En segundo lugar, por primera vez en la historia el Poder y la riqueza ya no son necesariamente ostensibles a través del dinero, los bienes físicos o de las armas, sino a través del conocimiento. Lo revolucionario de este cambio consiste en que, al ser el conocimiento un producto adquirible mediante la investigación y la educación, algo novedoso en la historia, tanto el pobre como el débil podrían acceder a ese recurso siempre que haya una sola inversión para adquirirlo.

 

Por lo que se puede decir, que el problema principal que enfrentan nuestros países es la escasez de conocimientos utilizables con fines económicos, por lo que nuestros gobernantes y empresarios deben considerar seriamente la forma de adquirir o generar ese recuero, pues por primera vez, las estrategias de desarrollo adquieren sentido si las naciones pobres son capaces de comprender el papel del conocimiento en la creación de riquezas. La forma de alcanzar el poder económico en el siglo XXI, ya no será mediante la explotación de las materias primas o del trabajo manual del hombre, sino mediante la aplicación de los recursos de la mente humana.

 

En tercer lugar, también por primera vez en la historia, y como consecuencia de la explosión tecnológica, se está configurando lo que podríamos llamar una “civilización mundial”. Es decir la humanidad experimenta un proceso de globalización que ha empequeñecido al Planeta, lo cual ha generado una creciente interdependencia, que a su vez ha facilitado un proceso de integración de todos los pueblos del globo terráqueo.

 

Así, se puede decir que la Tierra   al convertirse científicamente en un globo, ya no tiene rincones; esto es por primera vez, lo que suceda en la parte más remota del Planeta puede afectar a la otra parte. La esencia del problema radica en que por primera vez en la historia, los medios de comunicación han hecho posible que lo pobres sepan cómo viven los ricos y los ricos cómo bien los pobres.

 

Nunca como hoy la riqueza y los pobreza estuvieron tan cerca y  a la vez tan lejos. Sin embargo ese proceso se puede orientar hacia una globalización desigual, de confrontación social, basada en el dominio de las naciones más ricas (como pasa hoy en día); o se puede orientar hacia una integración basada en la equidad, en la paz y en la justicia social. Del curso de estos procesos dependerá el futuro de nuestra especie.