El auge y crisis del Estado empresario en el capitalismo

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Del Estado Bombero al Estado Intervencionista

 

Introducción

 

Los procesos de privatización no han sido el producto del azar, sino fruto de necesidades impuestas por los imperativos de la realidad económica y social. Lo mismo ha ocurrido con la participación directa del Estado en la economía. Profundas razones de carácter histórico llevan al Estado a intervenir en los procesos de producción.

 

Tanto la privatización como la estatización son dos procesos que históricamente han estado entrelazados ya sea por razones político-ideológicas, económico-administrativas o por contingencias impuestas por la realidad, tales como: desempleo crónico, estancamiento económico, guerras, sequías y otros fenómenos naturales o sociales.

 

Por lo tanto, para poder entender con mayor profundidad los diferentes aspectos que componen la privatización y la estatización hay que hurgar en las razones históricas que le dieron origen. Iniciaremos estas reflexiones por el punto de partida del problema, explicando cómo el Estado se involucró en la economía hasta llegar a convertirse en empresario.

 

Cómo el Estado se hizo empresario

 

Desde los albores del capitalismo, el Estado no estaba ligado directamente a la organización económica de la sociedad; su papel se limitaba al cobro de impuestos para mantener sus respectivos aparatos funcionando; a dictar tal o cual ley que facilitara la dinámica interna de la economía; a mantener una política aduanera para proteger la economía interior de la competencia externa; a mantener el orden social a través de sus aparatos represivos, y a la defensa de la nación frente a sus enemigos exteriores. Esta primera forma de Estado no es más que el “Estado guardián” puesto que su misión se limitaba a vigilar el sistema para que las leyes del mercado operaran libremente.

 

Podemos decir que la política fiscal y el establecimiento de monedas nacionales constituyen las primeras intervenciones del Estado en los asuntos económicos. Sin embargo, el comercio y la producción estaban controlados por empresarios individuales.

 

Pero con la tendencia a la concentración capitalista que empezó a manifestarse desde los últimos decenios del siglo XIX, con la política de expansión imperial y el estallido de la Primera Guerra Mundial, el comportamiento del Estado iba a transformarse. El capitalismo necesitaría una contribución más directa del Estado en el terreno económico, y así sucedió.

 

Entre 1914 y 1918 el Estado tuvo que pasar a dirigir un “capitalismo de guerra” e ir en auxilio del sistema para sacar a la economía de la situación de crisis provocada por la Primera Guerra Mundial. Los Estados nacionales salieron en defensa de sus respectivas oligarquías embarcándose en una guerra interimperialista que no era otra cosa que una guerra de mercados. Durante la conflagración, los empresarios confiaron sus negocios al Estado para que éste pudiera planificar y centralizar una economía que corría el riesgo de desarticularse si continuaba la crisis. Pero una vez concluida la guerra, el Estado volvía a asumir sus funciones de tiempos de paz. Y entonces, con cada situación de crisis volvería a repetir la misma historia.

 

El Estado bombero

 

El Estado entonces se transformaría en un “aparato bombero del capitalismo”. Cada vez que el sistema productivo presentara una crisis, ahí estaría la maquinaria estatal para encargarse de ella. Y era lógico que así sucediera puesto que el Estado, en todas las épocas, ha sido un instrumento de poder con la función de mantener la estructura social del momento.

 

No se trata, pues de un azar del destino, sino de una exigencia del desarrollo capitalista el que el Estado se interese por la economía.

 

Pero, la crisis económica presentada por el capitalismo en los años ´30, iba a determinar una nueva transformación de la función del Estado: del “Estado bombero” pasaríamos al “Estado productivo o intervencionista” renunciando de esa manera a los viejos principios de la filosofía liberal tras asignarle al Estado una mayor participación en la economía y en la vida social.

 

Durante la crisis producida por el Crac de 1929, el Estado, por primera vez en gran escala, empezó a intervenir real y permanentemente en el proceso económico para garantizar al capitalismo su continuidad.

 

La Gran Depresión fue una verdadera catástrofe mundial. En los Estados Unidos se desplomó la Bolsa de Valores provocando una abrupta espiral deflacionaria. Entre 1930 y 1932 cinco mil bancos se fueron a la quiebra.

 

El desempleo creció de un millón 500 mil a 13 millones, lo que equivale a decir que por cada cuatro personas trabajando, había una desempleada.

 

En Europa también la situación generó miseria, desempleo, quiebra masiva de negocios y profundas contradicciones sociales.

 

La amenaza socialista

 

Pero la catástrofe en sí misma no ponía en peligro de muerte al sistema, la principal amenaza la constituía el avance del socialismo que prometía el derrumbamiento del capitalismo y la instalación de un nuevo régimen que aboliría la propiedad privada y en su lugar establecería una sociedad basada en la propiedad colectiva de los medios de producción.

 

Fue la catástrofe económica del sistema y el avance real del socialismo, lo que hizo que las clases capitalistas, no sólo no pusieran obstáculos a la intervención del Estado en la economía, sino que la estimulación y en muchos casos exigieron dicha intervención.

 

Las representaciones más perfectas de intervencionismo estatal corresponden al Estado nazi, al Estado fascista italiano, al Estado New Deal (nuevo trato) norteamericano, y al Estado de welfare inglés.

 

Este nuevo tipo de Estado no es más que “el Estado keynesiano”, el cual consiste en la aplicación práctica de las ideas del economista inglés John Meynard Keynes quien planteaba que el Estado debía intervenir en la economía con el fin de disminuir el desempleo involuntario y aumentar la producción.

 

“El objeto de dicha teoría económica no es otro que el de tratar de limitar la anarquía de la producción capitalista que resulta de la aparición de los monopolios en un mercado que se basaba en numerosos productores independientes. Keynes pensaba que los dos grandes problemas del capitalismo de libre mercado eran el desempleo y la concentración del ingreso, por lo que desechó el mundo clásico del equilibrio natural y el sistema de libre mercado como el mecanismo para el ajuste automático y equitativo.

 

La economía capitalista genera dos problemas fundamentales, decía: desocupación y concentración de la riqueza y del ingreso”.

 

Intervencionismo estatal

 

El elemento clave de intervención consiste en la “administración” de la demanda efectiva por parte del Estado a través de la vía fiscal, monetaria o de ambas. El Estado podría aumentar la demanda y reactivar la economía simplemente elevando el gasto público en actividades como contratar trabajadores desempleados y pagarles un salario “por abrir y llenas pozos”, pues finalmente el aumento de los salarios significaba demanda efectiva de los trabajadores y esto tendría un efecto multiplicador del ingreso, reactivando el proceso productivo.

 

El Estado, al introducirse en el terreno económico, dio un impulso sin precedentes al capitalismo ya que permitió liberar de su inmovilismo a masas enormes de capital resultante del ahorro de la sociedad y contribuyó a destruir los restos precapitalistas de muchas naciones acelerando el proceso de desarrollo industrial.

 

Las concepciones económicas de Keynes se convirtieron en el punto de referencia para la mayoría de los líderes de los Estados capitalistas de todo el mundo, convirtiéndose así en un paradigma que ponía en evidencia las debilidades de la economía clásica.

 

Roosevelt en los Estados Unidos, Clement Attle en Inglaterra, Conrad Adenauer en Alemania y muchos otros líderes más, pusieron en práctica las bases del nuevo modelo.

 

Con el nuevo paradigma económico, el Estado se convertía no solamente en productor, sino además en consumidor privilegiado en la economía.

 

Gedeón Santos (Extraído de su libro “Sistemas Mundiales en Crisis”)