Del pensamiento Keynesiano al estructuralismo de la CEPAL

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Origen del modelo keynesiano

 

Se remonta a la Gran Depresión de 1930 cuando la economía mundial sufrió una de sus peores crisis atribuibles a una escasez de demanda, la cual provocó estancamiento económico, desempleo, quiebra masiva de bancos, y profundas contradicciones sociales. Ante la gravedad de la crisis, el economista inglés John Mynard Keynes planteó la idea de que el Estado debía intervenir en la economía con el fin de disminuir el desempleo involuntario y aumentar la producción.

 

El objeto de dicha teoría económica no es otro que el de tratar de limitar la anarquía de la producción capitalista que resulta de la aparición de los monopolios en un mercado que se basada en numerosos productores independientes. Keynes pensaba que los dos grandes problemas del capitalismo de libre mercado eran el desempleo y la concentración del ingreso, por lo que desechó el mundo clásico del equilibrio natural y el sistema de libre mercado como el mecanismo para el ajuste automático y equitativo. “La economía capitalista genera dos problemas fundamentales, decía: desocupación y concentración de la riqueza y del ingreso”.

 

 

El elemento clave de intervención consistía en la “administración” de la demanda efectiva por parte del Estado a través de las vías fiscales, monetarias o de ambas. Por la vía fiscal, el Estado podría aumentar la demanda y reactivar la economía simplemente elevando el gasto público, por ejemplo, empleando nuevos trabajadores en la industria de la construcción, pues finalmente el aumento de los salarios significaba demanda efectiva, lo cual tendría un efecto multiplicador del ingreso, reactivando el proceso productivo. Obviamente, había que romper con el presupuesto equilibrado del gobierno, y si fuere preciso, imprimir dinero “inorgánico” para sacar la economía del ciclo depresivo.

 

 

Por la vía monetaria, el gobierno podría aumentar la cantidad de dinero en circulación, para de esta manera reducir la tasa de interés y así estimular la inversión del sector privado. Por otro lado, se pensaba que en lo inmediato un aumento de la demanda no se traducirá en un aumento de precios, aunque sí en un incremento de la producción. Así, el enfoque keynesiano pasó a privilegiar más el pleno empleo que la estabilidad de los precios, es decir, este enfoque echaba a un lado los problemas de la inflación.

 

Un paradigma universal

 

Y efectivamente los éxitos no se hicieron esperar, pues el Estado, al introducirse en el terreno económico, dio un impulso sin precedentes al capitalismo ya que permitió liberar de su inmovilismo a masas enorme de capital resultante del ahorro de la sociedad y contribuyó a destruir los restos precapitalistas de muchas naciones, acelerando el proceso de desarrollo industrial.

 

A partir de entonces, las concepciones económicas de Keynes se convirtieron en el punto de referencia para muchos economistas y para la mayoría de los líderes de los Estados capitalistas de todo el mundo, convirtiéndose así en un paradigma que ponía en evidencia las debilidades de la economía clásica. Roosevelt en los Estado Unidos, Clement Attlee en Inglaterra , Konrad Adenauer en Alemania, Raúl Prebisch en América Latina y muchos otros líderes más, pusieron en práctica las bases del nuevo modelo.  Con el nuevo paradigma económico, el Estado se convertía no solamente en productor, sino además en consumidor privilegiado en la economía.

 

El modelo latinoamericano

 

La expresión latinoamericano del modelo keynesiano se manifestó a través del pensamiento “estructuralista” promovido por un grupo de economistas ligados a la Comisión Economista para América Latina (CEPAL).

 

Su pensamiento se basó en la explicación del carácter desigual del capitalismo mundial, pues consideraban que el hecho de que nuestros países fueran exportaciones de materias primas y los países ricos exportadores de productos terminados, generaban un “deterioro de los términos de intercambio” del comercio internacional, que impedía el desarrollo y acrecentaba nuestra dependencia. Entendían, que para alcanzar el desarrollo, el Estado debía intervenir en la economía para impulsar la industrialización a través de la “sustitución de importantes” y así lograr el llamado “desarrollo hacia dentro” en base a un programa de capitalismo autónomo.

 

El modelo se basó en la protección efectiva de la industria nacional a través de elevados aranceles, bajas tasas de interés, y un tipo de cambio sobrevaluado. La estrategia, a su vez, implicaba un gasto público expansivo y la fijación y control de presión, especialmente de los bienes de consumo básico. Lo anterior se combinó en el campo político con la estructuración del Estado populista, cuya base se cimentaba en “una retórica nacionalista y en la personalidad de un líder carismático” la finalidad global del modelo era “alcanzar mayores niveles de justicia social, industrializar la región y reducir la dependencia externa.

 

Los resultados del modelo

 

Para comienzos de la década del ’30, la mayoría de las naciones latinoamericanas no habían podido iniciar su despegue industrial. Sus economías dependían de la exportación de materias primas y de la producción agrícola. La burguesía no había logrado por sí sola acumular el capital y la experiencia como para llevar a cabo con éxito un proceso de industrialización. Es el Estado movido por las ideas de Keynes, que le inyecta al proceso un dinamismo sin precedentes. Así, entre 1950 y 1980 gracias a la inversión estatal, América Latina experimentó una profunda transformación. La población se duplicó, y por primera vez hubo un predominio de las zonas urbanas sobre las rurales. El proceso de industrialización contribuyó a la modernización en sentido general. Se construyeron puentes, carreteras, presas y no cabe dudas que la región experimentó un cambio estructural de extraordinaria magnitud.

 

Gedeón Santos

(Tomado de su libro:  “El PLD Frente a la Pobreza y la Globalización“)