Del “Lunes Negro” del 87 a la Crisis Asiática

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Introducción

 

Luego de la crisis financiera, industrial y petrolera de los años ´70, se inició un periodo de relativa recuperación en los años 80´s, dicha recuperación se debió en primer lugar, a la baja de los precios del petróleo debido a una deliberada política de reducción del consumo por parte de los países industrializados; en segundo lugar, a la relativa recuperación del sistema financiera internacional como consecuencia del reinicio del pago de los servicios de la deuda externa por parte de los países del Tercer Mundo debido a las políticas de ajuste del Fondo Monetario Internacional; y como resultado de las políticas de “libre comercio” promovidas por el Gobierno del Presidente norteamericano Ronald Reagan.

 

El crack bursátil de 1987

 

Desde su llegada al Poder, el Gobierno del Presidente Reagan inició una política económica anti-keynesiana, con el fin de enfrentar la estanflación y  relanzar la economía de Estados Unidos. Esas políticas se basaban en un neoliberalismo de corte monetarista que implicaba: disminución drástica del intervencionismo estatal, disminución radical de los gastos sociales, privatización, congelación del salario mínimo, neutralización del poder sindical y reducción de los impuestos.

 

Estas políticas, ligadas a la reducción de los precios del petróleo (de 34 dólares el barril en 1981, á 10 dólares en 1986) y a la recuperación de la banca internacional, dieron la sensación de que la economía norteamericana iniciaba un periodo de crecimiento y de recuperación económica, lo cual propició un marcado interés por los mercados de valores y por la especulación bursátil. Pero, rápidamente afloraron los defectos de la estrategia Reagan, pues el Gobierno no pudo contener el crecimiento del gasto público (debido principalmente a los gastos de la “guerra fría”), y como había reducido los impuestos, el déficit fiscal se disparó a niveles astronómicos. Lo anterior se hizo acompañar de un aumento del déficit comercial y de un aumento del endeudamiento externo, lo que a su vez trajo la desconfianza de los inversionistas en cuanto al futuro de la economía de Estados Unidos. Ante tal desconfianza, el 19 de octubre de 1987, llamado también el (“lunes negro”) se produjo una caída en la bolsa de valores de Nueva York en el orden de los 505 puntos, caída que se propagó a los demás mercados bursátiles. Pero, a diferencia de 1929, el Gobierno norteamericano intervino con rapidez los mercados y evitó la profundización de la crisis.

 

El pánico económico del Golfo

 

En agosto de 1990, se produjo de nuevo un pánico en las bolsas de valores como consecuencia de las expectativas de aumento de los precios del petróleo (producido del inminente estallido de la “Guerra del Golfo”), y como resultado de la sobrevaloración de los mercados de acciones que requerían de un rápido ajuste.

 

Como consecuencia de lo anterior se produjo la llamada “crisis del Golfo”, la cual trajo una ligera recesión a nivel mundial que a su vez generó una caída de las expectativas de inversión y las subsiguientes políticas de enfriamiento económico, especialmente en los países industrializados. Esta recesión de los países ricos, junto al cada vez más libre flujo de capitales en el mundo, al desarrollo de la tecnología bancaria y a la rapidez de las transacciones financieras mundiales, hizo que los inversionistas internacionales dirigieran sus capitales hacia los llamados “mercados emergentes”, especialmente los asiáticos y algunos de América Latina.

 

La crisis mexicana y sus efectos

 

Esa afluencia de capitales externos (en su gran mayoría de corto plazo, generó un sobre-optimismo acerca del futuro económico de países como México, lo cual impedía ver las profundas debilidades de su sistema económico caracterizadas por una reducida inversión productiva, bajo ahorro interno, elevado endeudamiento y déficits internos y externos. Se puede decir, que la crisis mexicana se gestó mucho antes de diciembre de 1994. Todo comenzó cuando el gasto público y privado se elevó por encima de la producción nacional, gasto financiado, en su mayoría, por capitales de corto plazo que inundaron la economía mexicana. A lo anterior se le sumó una sobrevaloración del peso mexicano, un aumento de las importaciones y un aumento del consumo en desmedro del ahorro nacional. Esto trajo un aumento del déficit externo que se elevó de 7 mil millones de dólares en 1990, a 14 mil millones en 1991, hasta llegar a 29 mil millones de dólares en 1994. Es decir, poco a poco se creaban las condiciones de una crisis.

 

Y efectivamente sucedió. El 20 de diciembre de 1994 el Gobierno mexicano anunciaba la devaluación de su moneda (el peso) en un 10 por ciento, iniciando con ello el pánico de los inversionistas y especulaciones financieros, quienes comenzaron a retirar su dinero de los bancos mexicanos y luego de toda el área (aproximadamente 35 mil millones de dólares en 90 días en toda la región) para llevárselos a mercados seguros principalmente en los Estados Unidos.

 

Lo anterior trajo pérdidas de confianza de los inversores externos, problemas de liquidez, crisis bancarias, alzas en la tasa de interés, quiebra en los circuitos de cobros y pagos, recesión, y aumento del desempleo, de la desigualdad y de la pobreza.

 

Por lo menos treinta países del Tercer Mundo (en su mayoría de América Latina) sufrieron el llamado “efecto tequila” el cual se expresó en las caídas  sus bolsas y sus mercados de valores y la ca1ída de la cotización internacional de sus títulos de deuda externa. Se puede decir, que la crisis mexicana no tuvo mayores repercusiones mundiales por el poco peso de México en la economía global, y porque los Estados Unidos y los organismos financieros internacionales actuaron con presteza y fueron en auxilio de la economía mexicana, evitando así una crisis de mayor proporción.

 

La crisis asiática en sus tres dimensiones

 

Para comprender la crisis asiática de fin de siglo hay que verla en sus tres principales dimensiones: la dimensión japonesa, la dimensión regional (Este y Sudeste asiático) y la dimensión mundial.

 

La crisis japonesa tiene sus orígenes en las presiones, que desde principios de los años ´80, han hecho las demás potencias industrializadas para que Japón abra su mercado; en la imposibilidad japonesa para mantener un crecimiento económico por tiempo ilimitado; en la recuperación de la capacidad competitiva de Estados Unidos y la Unión Europea frente a los productos japoneses; en la construcción de un capitalismo, “comunitario”, estatizado, con poca delimitación entre lo público y lo privado, que ha apadrinado un sector industrial, financiero y laboral que en los últimos tiempos ha dado signos de cansancio y estancamiento; en la necesidad de readecuar su economía a las nuevas reglas competitivas impuestas por la globalización; y en la estrecha relación de la economía japonesa con las economías en crisis del Este y Sudeste asiático (Indonesia, Corea, Malasia, etc.).

 

A esos males de la economía japonesa se les han  sumado los problemas que confrontan una parte de los países que conforman la región de Asia Pacifico: aumento del déficit de cuentas corrientes, crisis del sector inmobiliario, fragilidad del sistema bancario, déficit fiscal, disminución del ahorro interno y sobre todo disminución de las exportaciones.

 

La esencia de la crisis asiática ha consistido en que muchos de esos países en vez de disciplinar sus economías  y ajustarlas a sus capacidades productivas, intentaron financiar los niveles de vida y el crecimiento sobre la base de préstamos internacionales privados en su mayoría de corto plazo. Es decir, los gobiernos se resistían a tomar medidas que sanearan sus economías, pues mientras el dinero siguiera fluyendo parecía que no había razón para detenerse, además de que esas medidas resultaban impopulares porque implicaban privación del consumo, desempleo y cierre de negocios.

 

La dimensión mundial de la crisis asiática

 

El resultado de esas políticas equivocadas ha sido la llamada “crisis asiática”, la cual generó el “efecto dragón” que ha extendido la crisis por toda la región y al resto del mundo, dejando su secuela de caída del PIB, hundimiento de la inversión, estancamiento del consumo, deflación de precios, salida de capitales, caída de las exportaciones y de las importaciones y aumento del desempleo. Esta crisis asiática no hubiese tenido mayor repercusión si la misma se hubiese quedado en el sudeste asiático, puesto que esa región representa apenas el 8 por ciento del PIB mundial. Pero al trasladarse la crisis al Japón (dada la estrecha relación económica de este país con el resto de los países asiáticos), el problema tomó un giro de dimensiones mundiales debido al peso de la economía japonesa en el escenario global.

 

Todo lo anterior ha generado serias preocupaciones en las grandes potencias económicas del mundo, puesto que Japón posee el 70 por ciento del PIB asiático y el 14 por ciento del mundial, es el mayor exportador de capitales del mundo y su peso en la economía mundial, se estima en un 20 por ciento. Además, junto al resto de la región, Japón financia el 40 por ciento del superávit corriente de Estados Unidos a través de la compra de bonos del tesoro. Es decir, cualquier medida que tome el Gobierno japonés para enfrentar la crisis, tendrá repercusiones importantes en el resto de la economía mundial.

 

Gedeón Santos (Extraído de su libro “Sistemas Mundiales en Crisis”)