Antes y después de Eduardo Latorre

eduardo la torre

 

A: Doña Norma y a doña Lina.

     Con afectos.-

 

Desde la fundación de la república, la política exterior dominicana ha reflejado las características de nuestro subdesarrollo: apatía, aislamiento, improvisación y falta de institucionalidad. El hecho de ser un país pequeño, dependiente y con recursos limitados, condicionaba nuestra actuación en el terreno internacional. El nacionalismo, el desarrollo hacia dentro, la política de sustitución de importaciones y la guerra fría reforzaban esa tendencia negativa. Se puede decir, que nuestras autoridades, en lo que se refiere al mundo exterior, se dedicaban fundamentalmente al nombramiento de cargos diplomáticos, a elaborar disposiciones de carácter administrativo y a la firma de uno que otro convenio o tratado sin mayor impacto para nuestro crecimiento como nación.

 

El régimen de Trujillo sería una excepción, pues la búsqueda de reconocimiento internacional, el desarrollo del capitalismo industrial, comercial y financiero; el crecimiento de la economía y la necesidad de defenderse de sus enemigos nacionales y extranjeros, llevó al régimen a elaborar una política exterior agresiva y coherente con los intereses vitales de la dictadura. Fue tanto el activismo internacional, que durante todo el régimen se promulgarían 1152 decretos relacionados con  el exterior contra 194 en los treinta años que le precedieron. Además, cualitativamente fue evidente el esfuerzo de nombrar en el servicio exterior a “personas de alto nivel de calificación” como “Max Henríquez Ureña, Manuel Arturo Peña Batlle, Joaquín Balaguer y Virgilio Díaz Ordóñez, entre otros.” (Ver, Mu-Kien Adriana Sang, “La Política Exterior Dominicana 1844-1961”, Tomo III, pág. 15).

 

De 1961 a 1996 la política exterior dominicana volvería a reflejar nuestro atraso. Durante los gobiernos del doctor Balaguer y del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) la política exterior se caracterizaría por ser reactiva en lugar de pro-activa, es decir, nuestras autoridades sólo actuaban en reacción a contingencias internacionales o cuando los problemas planteados habían tocado fondo. Por lo que con unas autoridades apáticas, con una cancillería sin planificación y sin recursos, y con un servicio exterior manejado por el clientelismo político era imposible desarrollar una política exterior competente acorde con los cambios que se operaban en el país y en el mundo.

 

La llegada al Poder del doctor Leonel Fernández en 1996 produciría profundos cambios en la planificación y la conducción de nuestra política exterior. El acierto de nombrar como canciller al doctor Eduardo Latorre traería un nuevo estilo que transformaría la tradicional política apática y reactiva en una política exterior participativa, integracionista y pro-activa. El fin de la guerra fría, el proceso de globalización y el impacto de los cambios tecnológicos; unidos a las transformaciones económicas, sociales y políticas que se venían operando en el país favorecieron este cambio de tendencia. El hecho de que el Presidente de la república fuera un profundo conocedor del tema y el que pusiera en primer plano de su agenda el desarrollo de una nueva política exterior, fue determinante en el éxito internacional de este período de nuestra historia.

 

Lo primero que haría el nuevo Canciller sería dejar claro cuáles eran las reales funciones de la cancillería y del servicio exterior, esto es: 1) defender la soberanía de la nación, 2) fortalecer la democracia y los derechos humanos, 3) facilitar el comercio exterior, 4) promover la inversión extranjera, el turismo y la cooperación externa, 5) apoyar a los ciudadanos dominicanos en el exterior, 6) divulgar la cultura dominicana, y 7) servir de enlace con el mundo exterior. (Ver, Eduardo Latorre, “Los Viajes del Canciller”, pag. 14).

 

Luego, a partir de las pautas trazadas por el Presidente Leonel Fernández en un discurso pronunciado ante la Asamblea General de las Naciones Unidas el 3 de octubre de 1996,  el canciller pasó a conceptualizar la nueva política exterior, la cual fue planteada a partir de tres ejes fundamentales: PARTICIPACIÓN, MULTILATERALISMO E INSTITUCIONALIDAD. Para el Canciller Latorre, participación significaba romper el relativo aislamiento que padecíamos por décadas. Multilateralismo quería decir volver a unirnos al concierto de naciones para buscarle soluciones conjuntas a los problemas en el seno de los organismos multilaterales. Finalmente, institucionalidad significaba la creación de un nuevo marco legal para la política exterior, elaboración de un nuevo cuadro organizacional, introducción de la carrera diplomática y una nueva planta física con equipamiento moderno para la cancillería. (Ver, “La nueva Política Exterior Dominicana y Temas de Relaciones Internacionales”, volumen II, págs. 104-111).

 

Estos tres objetivos no sólo eran una novedad en la planificación de la política exterior dominicana, sino que eran coherentes con una economía en pleno crecimiento y con los cambios estructurales que se debatían en los diferentes foros del país.

 

Ya con anterioridad el Dr. Latorre había revelado la clave para una política exterior efectiva. En un trabajo presentado en la Universidad George Washington en octubre de 1993 en los Estados Unidos, había escrito: “La regla de oro para pequeñas naciones es en todo momento mantener su casa en orden, mientras más, mejor, de modo tal que una situación inherentemente desventajosa no sea peor. Cualesquiera que sean las carencias en geografía, población, capacidad industrial o potencia militar, éstas deben ser compensadas con organización, disciplina, inteligencia y habilidad… Para tener éxito en las relaciones internacionales, lo mínimo es tener una Cancillería de alta calidad y un servicio diplomático efectivo”. (Ver, Eduardo Latorre, “De Política Dominicana e Internacional y Desarrollo Humano”, pág. 163).

 

Con magistral habilidad y pragmatismo nos legó las bases para una efectiva relación con los Estados Unidos. En la ponencia citada en el párrafo anterior decía: “Sin duda alguna el aspecto más importante de la política dominicana es su relación con los Estados Unidos, por ser éste la superpotencia que provee seguridad a la región y porque es la única nación en el mundo en capacidad de invadir el país. Es por mucho su principal socio económico, la mayor fuente de financiamiento y el suplidor de tecnología y know-how, pero, también es el único país en posición de poder ejercer una presión significativa para el logro de sus objetivos…”. Y continuaba diciendo: “Una política exterior inteligente y capaz lo que tiene que hacer es, evitar conflictos importantes sin sacrificar intereses vitales… Siempre es una ventaja para un Estado pequeño TRABAJAR CON en vez de EN CONTRA DE una potencia, particularmente si es su vecina… Es de interés para ambos que Estados Unidos pueda ejercer su liderazgo global, pues dominicana debe salir favorecida si su vecino y socio mayor es la nación principal, en vez de que lo fuera cualquier otra. Tan simple como eso.” (Ibid, pág. 163 y 170).

 

En una conferencia presentada en el Instituto Tecnológico de Santo Domingo en mayo de 1995 completó sus ideas sobre las relaciones domínico-estadounidense: “Algunos, decía, podrán argumentar que esto es dependencia y es verdad que lo es. Pero ésta no es una situación elegida, sino causada por la geopolítica: un país pequeño y pobre vecino de uno inmenso y rico. Lo que si es optativo es el manejo de esa relación; si se hace con dignidad y cierto grado de independencia, o se lleva a cabo con servilismo, que desafortunadamente ha sido muy común”. Finalmente, con un gran sentido del equilibrio y de la realidad histórica había sentenciado: “Para protegerse del indeseado uso del poder por parte de las grandes naciones, los países pequeños deben procurar el fortalecimiento de todos aquellos aspectos del sistema internacional que limitan el uso arbitrario del poder nacional. Esto es, el balance de poderes, el derecho internacional, los organismos internacionales, la moralidad internacional y la opinión pública mundial”. (Ibid, pág. 165 y 180).

 

Con claridad expositiva había resumido el conocimiento sobre la problemática haitiana. En la citada conferencia impartida en el Instituto Tecnológico de Santo Domingo, escribió: “Fuera de Estados Unidos hay dos fuentes potenciales de las cuales podrían surgir problemas para la seguridad nacional. Una es Haití, no sólo por razones geopolíticas al compartir la misma isla, sino porque el vecino puede incurrir en conflictos internacionales que nos arrastren…Su estabilidad política y su institucionalización democrática es de gran interés para los dominicanos.” Y continuaba diciendo: “Adicionalmente Haití es importante… porque es la nación con la cual compartimos el mismo ecosistema, porque existen intereses comunes frente a terceros como los acuerdos de Lomé IV, porque es el segundo mercado para los productos dominicanos, y porque es el origen principal de la inmigración extranjera y suplidor de mano de obra temporal.” Finalmente concluye con este simple, pero profundo consejo: “Al igual que con Estados Unidos, lo sensato es tratar de llevarse  bien con el vecino.” (Ibid, pág, 180).

 

Esta clara sabiduría en materia de política internacional le sirvió de base conceptual para realizar una de las mejores gestiones de nuestra historia. Por lo que se puede decir, que en su período de canciller se sentaron las bases de la política exterior dominicana del siglo XXI, ya que antes de la experiencia de su gestión, no habían parámetros claros que sirvieran de paradigmas en la elaboración de la política externa, y mucho menos existían pautas precisas para conducirse en el mundo de la globalización y la interdependencia mundial. Por tanto, para hablar de política exterior dominicana habrá que dividir la historia ¡antes y después de Eduardo Latorre!

 

Durante su gestión el país no sólo se integró en los mecanismos más importantes regionales y mundiales, sino que logró el inicio de un liderazgo sub-regional y el prestigio y el respeto de toda la comunidad internacional. Se puede decir que superó con creces los objetivos originales que se había planteado. La modernización de la planta física, la reforma a la ley del servicio exterior, la creación de la Escuela Diplomática y Consular, la efectiva coordinación de la diplomacia presidencial y de cumbres, la organización exitosa en el país de importantes eventos regionales y mundiales, la activa participación en los foros internacionales, la creación de la Comisión Mixta Bilateral Domínico-Haitiana, las frecuentes firmas de acuerdos bilaterales y multilaterales, la creación de un eficiente equipo de negociaciones comerciales y las frecuentes visitas a países de importancia vital para nuestros intereses, entre otros logros, caracterizaron su administración.

 

Pulcro y cauto en el manejo de los fondos públicos, administró la Cancillería con notable honestidad y eficiencia (se pudiera decir con tacañería). Predicó con el ejemplo los ideales de institucionalidad y respeto a las normas del país. Durante su gestión nunca usó su poder o influencia en beneficio personal o para favorecer a familiares, amigos o relacionados.

 

Quizás, las características más importantes de un buen Canciller son la discreción, el sentido del equilibrio y la prudencia, y don Eduardo poseía estas cualidades de sobra. En más de una ocasión le escuché decir: “La política exterior debe ser efectiva, no ruidosa. Es más, cuando es ruidosa no es efectiva.” Este sentido de la prudencia lo ayudó a conducirse con notable eficiencia ante las presiones de la burocracia partidista y frente a las incongruencias del poder.

 

Su sólido currículo como doctor en ciencias políticas, profesor universitario, funcionario académico, director de organismo regional y como miembro de importantes instituciones nacionales y extranjeras lo convirtieron en el canciller ideal. Tan brillante fue su gestión, que las relaciones internacionales en el período 1996-2000 se constituyeron, junto al crecimiento de la economía y a los cambios institucionales, en el punto más luminoso del gobierno del Partido de la Liberación Dominicana.

 

Aunque no se lo haya propuesto, Eduardo Latorre tendrá reservado un lugar exclusivo en la historia de las relaciones internacionales dominicanas. Su legado esparcido entre las páginas de sus libros y en su ejemplo como maestro, servidor público y como ser humano, perdurará en el tiempo y vivirá en las nuevas generaciones de jóvenes preocupados por la paz mundial, la institucionalidad y la democracia. ¡Descansa en paz apreciado amigo!

 

Gedeón Santos